Entre el miedo y la esperanza

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En miles de ocasiones el poder ha optado por propagar el miedo para mantenerse. Es una vieja historia. Boris Johnson adelantó una agresiva campaña a favor de la separación de la Unión Europea, llenando de temor a sus votantes frente a lo que podrían sufrir si se seguía permitiendo la llegada de turcos, griegos y rumanos. Les dijo que perderían el empleo, la seguridad y los productos ingleses. Logró lo impensable y el Reino Unido se separó de la Unión. Esta historia es explicada en el documental Brexit. Donald Trump recurrió a empresas de big data para poder predecir qué votantes serían susceptibles de cambiar sus votos. Analizaron matemáticamente sus ideologías, religiones, deseos, dudas y gustos en sus cuentas de Facebook. Les dijeron que el caos reinaría si los inmigrantes seguían llegando a vivir el “sueño americano”. Utilizaron para ello fake news. Esta historia está cuidadosamente narrada en el documental Nada es privado. En nuestro contexto, el Centro Democrático manipuló el temor de los padres sobre la condición de sus hijos, diciéndoles que se volverían gays en caso de votar a favor de la paz. El miedo venció a la esperanza. Dos años después, repitieron su estrategia para derrotar en segunda vuelta a Gustavo Petro y, etiquetándolo con el mote de “castrochavista”, lograron aterrar a los votantes, muy especialmente, a los que leen muy poco, que todavía siguen siendo la gran mayoría.

La regla de oro del populismo contemporáneo es sencilla: primero, generar miedo, para después vender seguridad. Quienes la aplican se han beneficiado en términos electorales; el problema es que, de esta manera, están erosionando la democracia

¿Qué pasará después de que culminemos la guerra contra el coronavirus? Nadie lo sabe. Vivimos una época en la que predomina la incertidumbre y, aun en tiempos breves, es imposible prever el desenlace. La reciente encuesta de Cifras y Conceptos señala dos datos que harían entrar en pánico aún al más optimista: en Colombia, el 64 % de las personas prevé que podría perder su empleo durante la pandemia y el 38 % afirma que esto ya sucedió. La OIT tiene un estimativo similar: el 40 % de los trabajadores en las Américas tienen en riesgo su empleo. Las cifras económicas van en la misma dirección: Alemania y Francia han previsto que su caída en el PIB será la mayor que han tenido desde la Segunda Guerra Mundial. Estamos ante un panorama en el que predomina la desesperanza. ¿Continuará esto después de la pandemia? Es muy posible. Seguramente el miedo a contaminarse perdurará entre quienes consideren asistir a eventos masivos. Tal vez viviremos un largo periodo en el que se limiten los movimientos, las salidas a restaurantes y centros comerciales, y el saludo con un abrazo y un beso. Una vez culmine la pandemia, el mundo será distinto. Esa es una de las pocas certezas que tenemos.

Es posible también que se fortalezcan los modelos autoritarios que resultaron más efectivos para detener la pandemia, que las tecnologías se vendan como salvadoras para un siguiente ciclo de expansión del virus o para prevenir uno nuevo y, seguramente, sea la ocasión ideal para que los países asiáticos consoliden su poder económico y político en el mundo. Podríamos estar cerca del triunfo del biopoder al que se refirió Foucault. Lo excepcional se podría volver permanente. Sería otra desgracia para la democracia. En mayor medida, si tenemos en cuenta la imposibilidad de una respuesta unificada de los países europeos y el actuar casi criminal del presidente Trump en plena fase exponencial del crecimiento de los contagiados. También es posible que, en algunos países del primer mundo, salgan fortalecidos los nacionalismos, el racismo y la xenofobia.

Esta extraña guerra es tan incierta como el desenlace que tendrá. Poco a poco iremos aclarando las múltiples dudas sobre el enemigo al que conocemos muy poco: ¿deja el virus efectos irreversibles en los recuperados? ¿Conviviremos un tiempo largo con él? ¿Tendremos todos que vacunarnos cuando aparezca una solución en los laboratorios científicos? Lo cierto es que el nuevo mundo será más inseguro para viajar, trabajar, disfrutar y compartir. Esto les dará nuevo potencial para engañar a “los vendedores de sueños y de milagrerías” a los que se refería Jorge Zalamea. Ahora los llaman “populistas”, aunque era más expresivo el nombre que les dio el poeta de El sueño de las escalinatas.

Es muy posible que la historia juzgue de manera muy dura a quienes actuaron de irresponsablemente durante la crisis. Después de conducir a su país a un mayor número de muertos de los que tuvo en la extensa Guerra de Vietnam, seguramente Trump pierda la reelección. También quedarían muy debilitados políticamente López Obrador en México, Ortega en Nicaragua, Johnson en Inglaterra y Bolsonaro en Brasil, quienes, por sus acciones u omisiones, serán responsables de cientos de miles de infectados y muertos. No importa a qué extremo ideológico pertenezcan. Su vanidad, narcisismo e ignorancia se pagará en vidas humanas y, muy seguramente, sean juzgados por irresponsables en históricos juicios políticos de censura.

Pero la realidad tiene mil caras y estos extensos tiempos de confinamiento también jalonarán la brújula de la historia en la dirección opuesta. Ningún político volverá a decir que hay exceso de psicólogos en el país. Por el contrario, será una profesión altamente valorada después de que la gran mayoría haya conocido de cerca el confinamiento, el estrés y el aislamiento social. La sociedad reconocerá la valentía de los médicos, se valorará la salud pública y los trabajos en los servicios básicos. Se escuchará más la voz de los científicos. Valoraremos a los cultivadores, que nos abastecieron durante la pandemia. Se acusará a los políticos neoliberales –y con razón– de haber dejado sin camas y sin respiradores a los hospitales públicos y sin fondos a las instituciones científicas que investigan sobre las pandemias. La gran mayoría aceptará que el mercado no tiene corazón y que la salud, el agua o el aire nunca han debido volverse mercancías. La virtualidad avanzó con pasos de gigante y llegó para quedarse, en el trabajo y en la escuela. Otra certeza.

Como suele decir Pepe Mujica, será más común encontrar personas que quieran viajar “ligeros de equipaje” y probablemente disminuirán los consumidores frenéticos. Tardíamente nos dimos cuenta de que el consumo sin límites no es posible. Y si lo fuera, sus costos serán impagables para la especie humana. Los movimientos ecologistas serán vistos como profetas de la desgracia. Su voz se escuchará con fuerza en todos los rincones de la Tierra. Renacerá la filosofía, porque volveremos a hacernos las preguntas esenciales de la vida. Sabremos que es más importante la familia que el trabajo y los amigos que el dinero. Volverán los abrazos y la solidaridad, ahora, mezclados con llanto. Las familias compartirán más espacios, diálogos y tiempos. Nos volveremos a encontrar a nosotros mismos y a los otros.

Pasaremos a ver por la televisión las competencias y los espectáculos masivos. La sociedad valorará muy bien a los líderes que actuaron con lucidez, prontitud y responsabilidad y castigará a los irresponsables. Será un periodo de inmensa reestructuración en el mundo de las ideas, los valores y los liderazgos. Reescribiremos las reglas en el juego de la vida. No volveremos a la normalidad, porque en ella estaba el engendro del problema: en el consumo ilimitado, en la destrucción de la selva, en las crecientes desigualdades sociales, en el descongelamiento de los glaciares, en el calentamiento global y en haber privado del derecho a la salud a las grandes masas de la población.

Viviremos entre el miedo y la esperanza. Los dos convivirán en tensión. Aun así, es posible que logremos convertir la dificultad en una oportunidad para humanizarnos y para consolidar la empatía, la solidaridad y las causas comunes. Pero también el miedo, una vez más, puede volver a ser usado para que nada cambie, aunque todo esté cambiando.  Ojalá la humanidad aproveche la ocasión para sembrar esperanza. La necesitamos. Pero depende de cada uno de nosotros que pueda lograrse.

Posdata. Es una grata oportunidad escribir en un diario que mantiene su compromiso con la libertad y la esperanza.

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