Por: Aura Lucía Mera

'Entre el placer y el hastío'

Es el título del libro que acaba de publicar Gustavo Barona, psicólogo de la Universidad Nacional. Se trata de “otra mirada al consumo, la adicción y la prohibición de las drogas”., con

Considero que en estos momentos en los cuales se plantea en Colombia un diálogo entre las guerrillas y el Estado, y en que se pone sobre el tapete un cambio sobre la política de las drogas, es un libro para tener en cuenta. En él, Barona nos hace un recuento ameno de la historia de las drogas, que es tan antigua como la misma humanidad, la aceptación de ellas y las prohibiciones.

Siempre he sostenido que el descubrimiento de América simplemente fue el encuentro de dos culturas alcohólicas. Los españoles “jinchos” de vino y los indígenas enchichados. Allí empezó la guerra para prohibir la chicha y aceptar la cerveza industrial, los vinos y los licores destilados. Tanto en España como en estas tierras, sobre todo en Colombia, todo gira alrededor del alcohol. Nadie concibe festejos ni reuniones ausentes de alcohol.

En la Colonia se inventó la enfermedad del “chichismo” y el “coquismo”. Bien es sabido que nuestros antepasados indígenas celebraban todo con chicha, guarapo y aguardiente de caña. Lo mismo que mambeaban la hoja de coca para tener más energía.

Barona Tovar nos cuenta: “El chichismo fue considerado por especialistas, médicos y religiosos como enfermedad peligrosa para la herencia de la patria y de la humanidad. Causante de la melancolía indígena. Los médicos convirtieron a los campesinos que la consumían en una especie de depresivos, embrutecidos y peligrosos (...) la creencia de la superioridad de la raza blanca, en auge en la época, consideraba que la raza mestiza, la de la mayoría de los colombianos, era inferior, y si el consumo de la chicha no se eliminaba produciría generaciones enteras de dementes, prostitutas, convulsivos y cretinos”.

Esto fue hasta que las cerveceras, los licores destilados, se fueron apoderando del mercado, erradicando el consumo de la bebida autóctona.

El opio, la heroína, la morfina, son tan antiguas como la humanidad. Durante siglos su consumo fue no sólo permitido, sino indispensable para usos medicinales. La prohibición de estas sustancias, así como la del alcohol en EE.UU. y la cocaína, dieron nacimiento a las mafias. En el caso colombiano, a la lucha más cruenta que nos ha tocado vivir. Ríos de sangre siguen corriendo. El sofisma de distracción de EE.UU., que trata de “proteger” a sus ciudadanos de la locura, no se lo cree ni Tarzán.

El que quiera consumir, siempre lo hará. El que quiera emborracharse, siempre lo hará. El ser humano siempre ha buscado sustancias que lo hagan sentir diferente y escaparse de la realidad. La búsqueda del placer sensorial es inherente a nuestra naturaleza. Se corren los riesgos de caer en la adicción. Un gran paso el del alcalde Petro con sus unidades móviles para aquellos seres que ya están atrapados en el infierno. Ojalá el resto del país siguiera este ejemplo.

Ojalá todos los países latinoamericanos nos uniéramos en un “sí” a la legalización del consumo. Sería la única forma de parar la violencia, el sicariato, la sangre, la corrupción. Un buen primer paso es el inicio de una muy buena caminata.

 

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