Por: Mauricio García Villegas

Entre el todo y la nada

Según el Gobierno, el programa Ser Pilo Paga es una revolución educativa.

Ante semejante afirmación, algunos han dicho que eso es falso y engañoso y que el Gobierno sólo quiere mantener las cosas como están. Ambos, creo yo, distorsionan la dimensión de ese programa, como si tuvieran un problema óptico: el Gobierno parece decir “con ese cambio puntual, cambiamos todo” y los críticos parecen responder “si no cambian todo, no cambian nada”.

Empiezo diciendo que los críticos del programa, por lo general gente de izquierda cercana al MOIR y a la MANE, tienen razón en decir que aquí no hay una revolución educativa. Eso se debe a que el programa no resuelve el problema fundamental, que es la falta de educación buena y barata para los no pilos pobres. Si el Gobierno quisiera resolver eso le apostaría de veras a la universidad pública. Pero hace lo contrario, como lo muestran las cifras sobre la paulatina reducción de los aportes estatales por estudiante a esa universidad durante las últimas décadas.

Sin embargo, a mi juicio, esos críticos van demasiado lejos. El hecho de que estas becas no resuelvan el problema de la educación no es un argumento para descalificarlas. Permitir que 10.000 pelaos talentosos y de escasos recursos lleguen a las mejores universidades es algo estupendo, sobre todo en un país en donde el hecho de nacer pobre suele ser una condena inapelable.

He tratado de entender por qué alguna gente de izquierda, sensible y solidaria como es, se opone a un programa de esta naturaleza. Quizás eso se deba a dos creencias ideológicas. La primera supone que cuando un gobierno conservador promueve una reforma progresista está engañando a la gente. Tanta generosidad no puede ser, según ellos, sino un intento de legitimación política que confunde al pueblo y retrasa la revolución. Por eso los críticos se oponen a estas becas, de la misma manera como se opusieron en el pasado a la restitución de tierras a los campesinos, o a Petro porque sólo desprivatizó el 50% de las basuras y no el 100%.

En otras columnas he criticado eso. No es cierto que las reformas progresistas vayan siempre en contravía del cambio social. Cuando los pobres se apropian de la “generosidad” de los gobiernos y luchan por su ampliación, decía el gran E.P. Thompson, las élites pueden terminar siendo “prisioneras de su propia retórica”, propiciando cambios que en principio no querían. Los críticos suponen que la injusticia es lo único que conduce a la movilización social. Pero no es así. Cuando la gente vislumbra que su situación puede mejorar hace todo lo posible para que ello ocurra. La esperanza es un antídoto contra la apatía. Pero incluso si esas reformas fueran inútiles, hay algo de inmoral en sugerir que estos estudiantes y campesinos deberían esperar por sus derechos hasta que llegue la revolución verdadera.

Lo segundo es la antipatía que algunos (no todos) en la izquierda sienten por la idea de premiar el mérito, incluso cuando se trata pobres. Para ellos el mérito es, en realidad, herencia o circunstancias. La pilera, por ejemplo, viene de los padres, de los genes o del entorno familiar, por eso no debe premiarse. Estoy en desacuerdo con este determinismo. En otra columna hablaré de eso.

Para juzgar un programa como este deberíamos liberarnos de nuestras afiliaciones políticas e ideológicas. Eso he tratado de hacer en esta columna. Yo no tengo mayor simpatía por este Gobierno, pero reconozco que este programa, sin ser revolucionario, es justo: no sólo logra algo (sin ser todo y sin ser nada), sino que podría crear un ambiente favorable para reformas futuras de mayor envergadura.

 

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