Entre Keynes y el Estado

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La crisis actual es doble y sincrónica: una fundamentalmente sanitaria y otra de carácter económico. Resulta difícil señalar si aquella es más grave que esta o al revés. La primera es comparable con la peste de hace un siglo, que apareció en Europa en la primera posguerra, con un saldo mortal de 40 millones de personas. La segunda, con la crisis de 1929, que apareció en Norteamérica y casi hizo colapsar el sector financiero.

Pero esta de hoy puede ser más grave aún. Desde el punto de vista de la salud, al parecer, se propaga con mayor velocidad que la de hace un siglo, y desde el punto de vista de la economía afecta el sector real, con hondos efectos sobre la producción de bienes y servicios y, por supuesto, sobre el empleo. Su prolongación en el tiempo puede situar al mundo frente a un horizonte de consecuencias impredecibles.

Estas crisis no suelen resolverse insistiendo en las fórmulas que las produjeron o que no pudieron evitarlas. En el año 2005 Alan Greenspan se atrevió a decir que “una avaricia infecciosa se ha apoderado de nuestra comunidad financiera... yo estaba equivocado cuando pensaba que la regulación era innecesaria porque el mercado podía fiscalizarse a sí mismo”. En el presente año 2020, Henry Kissinger escribió que “la pandemia del coronavirus va a cambiar para siempre el orden mundial”.

Desde hace casi medio siglo los especialistas enterraron el nombre del economista John Maynard Keynes. Quienes portaban los mejores pergaminos en la disciplina económica desdeñaron su enseñanza. Rescataron la mano invisible y desoyeron cualquier sonido que privilegiara las preocupaciones sociales sobre las económicas. Semejante problemática sería resuelta por “la mano invisible”. Algo similar ocurrió con el Estado. Lo público fue perdiendo importancia y en ese proceso se fue evaporando lo social.

La pandemia, que afecta tanto la vida como la economía, no se resuelve con medidas ortodoxas. Al contrario. Es posible que esas medidas, convertidas casi en un dogma, hayan estimulado la crisis. En estos casos, la idea de Keynes es estimular la demanda, a base de una política fiscal montada sobre el gasto público. El Estado habrá de asumir lo que no están en condiciones de hacer los agentes privados y buscará equilibrar la situación de desempleo en medio de recursos existentes, pero sin uso.

El Estado debe gastar en obras públicas, pero también invertir en activos estratégicos que son manejados por un sector privado que puede quedar en riesgo de parálisis: compañías de transporte, empresas de servicios públicos o con uso intensivo de mano de obra, en fin, inversiones en tecnología y en vivienda que, ciertamente, nunca han sido tan necesarias como ahora. Tales tipos de empresa pueden recibir ayuda del Estado. Sólo que no sería con crédito, sino con inyecciones de capital público.

América Latina es hija de la civilización europea continental que, a su vez, es producto de un trípode histórico: la filosofía griega, el derecho romano y la religión cristiana. El capitalismo agresivo de los últimos años ha desdibujado esa tradición milenaria. Pero, al menos, podríamos dejar a salvo la idea de que un Estado social de derecho sigue siendo capaz de responder a los problemas del siglo XXI, sólo necesita que, a su lado, funcione bien una economía social de mercado.

@inefable

* Presidente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

 

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