Por: Ciudades invisibles

Entre la amnesia y la nostalgia

Ni las artes plásticas, ni la literatura, ni la buena música, tampoco la arquitectura, demandan para ser profundas —que lo son cuando emocionan y enaltecen al hombre— grandes recursos económicos o desmesuradas inversiones tecnológicas.

Nuestro potencial cultural late justamente donde y cuando los referentes apelan a lo esencial y ellos, además del talento creativo, exigen buena dosis de memoria, convicción y emoción.


Memoria para entender que el camino lleva trasiego; convicción para reconocer aquello que mejora a futuro la vida del hombre y, claro, un pertinente impulso creador amparado en la inefable capacidad liberadora del arte.


La nostalgia no es alternativa cuando se asumen posturas de resistencia frente a los avasallamientos de la cultura global, ni el futuro provee expectativas demasiado halagadoras, por lo menos para quienes creemos que el pesimismo denota un relativo estado de madurez.


La añoranza es tan perversa e ilegítima como esperar que con el advenimiento de la globalización —léase amnesia social generalizada—, se borrarán las indignantes inequidades sociales o desaparecerán los resguardos locales, cuya presencia suscita una tensión vital al interior de la cultura y el arte.


La arquitectura, aunque ha de mantener un diálogo fértil con su tradición —para un arquitecto no se puede no saber historia—, ampara paradójicamente su despliegue sobre la noción de lo inexistente, del proyecto, como modelación deseable y posible de futuro.


Es en la confluencia siempre tensa entre pasado y futuro, entre lo verificable y lo probable, no en la negación de su estimulante coexistencia, donde reposan los filones sutiles de la verdadera creatividad.


El reciente concurso convocado por la Cámara de Comercio de Bogotá para su Centro de Convenciones parecía, no obstante, empecinarse en un equívoco rumbo. Además de la ingenua o arrogante pretensión de buscar un ícono para la ciudad, consabida frivolidad globalizante que asemeja los concursos de arquitectura a la liviandad de las pasarelas, no es un emprendimiento público que consulte el interés general o apele a la memoria de la ciudad, menos a su geografía, su luz o a la gente que lo apropiará. Ausencias todas que parecían derivar al engendro autista de un edificio que irremediablemente naufragaría en el océano del no lugar.


Juzgado ya el concurso, el proyecto ganador asoma insospechadamente superior a la convocatoria, quizás porque parece más un importante equipamiento bien resuelto y menos un presunto símbolo que, entre otras, ni queremos ni necesitamos.


Sergio Trujillo Jaramillo.

 

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