Entre la ciudad y el país

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Cuenta Colombia con dos gobiernos, entre otros: el nacional y el gobierno de Bogotá. Se les ha visto competir y salirse de casillas en varios temas, especialmente durante la pandemia. Han discutido entre la urgencia de salvar vidas y precaverse de la peste, y la necesidad de retornar sin demora a la actividad fabril o comercial.

La alcaldesa comenzó con el simulacro de cuarentena, nos acostumbró a ello, lo que no estuvo nada mal, encerró barrios y localidades, pero a la larga encontró una ciudad indócil y fue desobedecida las más de las veces. Ella le agradece a la ciudad en sus escritos, pero lo que hemos visto por la televisión ha sido de una indisciplina generalizada.

Primó, con todo, la necesidad del trabajo; sobre la salvación de la vida fueron más apremiantes las angustias por la desocupación ( 26 % de desempleo ) y físicamente por el hambre. Hay cosas que la regulación no domina. Recuerdo el caso muy español del torero tremendista Manuel Benítez, el Cordobés, cuando ante el médico asombrado por los parches de su cuerpo lastimado le comentó: “Más cornadas da el hambre”. Las personas de trabajo, las que no pueden interrumpir porque el sustento apremia, ensoberbecidas, se le rebelaron a la mandataria capitalina, le hicieron motines y por fin resultó lo que hemos podido ver en estos días. Un montón de gente, en todas las direcciones, con fardos al hombro, sudorosa, sin distanciamientos de ninguna clase, transportando de un comercio minorista a otro aún más pequeño y al detal. Porque la actividad no espera, porque los brazos caídos no aguantan más cesación de esfuerzos y las prevenciones por la salud y el contagio quedan en un segundo plano. Si las cosas son como las han pintado —vaya uno a saber si en forma tremendista, como el matador español—, una gran tragedia se avecina.

Que no sea así le pedimos al dios de este Estado laico ( que a los ateos no les falta su protector ), y que las previsiones hayan ido más allá, como ha debido ser, y hayan evitado peores males. Bien por las precauciones, tanto las de evitar el contagio, como las de ir soltando amarras a las fuerzas del trabajo. La discrepancia operacional entre los gobiernos nacional y local ha sido en vano; ambas autoridades —una, por supuesto, superior a la otra— han tenido sus razones y todo se debió a sesgos políticos, de los que no se escapa ahora ni la Suprema Corte de Justicia.

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De otro lado, las autoridades judiciales y de policía parecieran andar buscando al expresidente Uribe por las inmensidades de El Ubérimo, para dejarlo libre; prefiero a la gente en libertad, pero no sé en este caso qué irá a pasar. Digo cosas al azar y pienso con el deseo, y no me debo a los extremos, si soy consciente de ello.

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