Por: Fernando Araújo Vélez

Entre la combustión y el oxígeno

Eran las siete y tantas de la noche. Faltaban apenas unos minutos para que liberaran su carro, ella aguardaba la hora exacta en un parqueadero del centro.

Leía una revista sobre teléfonos y hacía cuentas de algunos posibles descuentos: mil pesos de menos alcanzarían para un lápiz labial de más, un labial de más, para una sonrisa extra, y esa sonrisa extra, tal vez, para otro amor fracasado. Le hacía falta quien le dijera te quiero, así fuera mentira.

Le hacía falta quien la tomara de la mano y la llevara a una ilusión, así fuera nada más que una ilusión. Le hacían falta una llamada a las ocho en punto, un detalle inesperado siempre esperado, uno, dos o tres abrazos y compartir, lo que ella y sus amigas, el cine y sus tías y su madre llamaban compartir. Quería caminar en el aire y vivir eternamente enamorada, pero para ello tenía que quemar su razón, y uno que otro miedo que, tercos, se empeñaban en alojarse en esa razón. Necesitaba una bomba, un incendio, todo el fuego, aunque también exigiera de las llamas su porcentaje preciso de combustión y oxigenación.

A las siete y cuarenta un miserable desocupado llamó a los bomberos. Y hubo agua, mucha agua. Ella se aferró a la llama de su encendedor, él la apagó con el silbido de una vieja canción. Ella tanteó la oscuridad, él se la ofreció en restos de papel periódico. Hoy ya pasaron 10 años de todo aquello. Ella se conformó con silbar viejas canciones. Él se dedicó a guardar los inservibles encendedores que ella arrojó a la basura.

 

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