Por: Sergio Otálora Montenegro

Entre la euforia y el espejismo

¿El país no volverá a ser el mismo después del paso de Uribe por el poder? O mejor dicho:

¿el actual presidente dejará una huella tan profunda, que la solución negociada al conflicto armado será una pieza de museo, una etapa superada que adquirió pleno sentido con los esfuerzos de paz de Belisario Betancur y tuvo su ocaso en el fracaso  del diálogo  de Andrés Pastrana con las Farc?

Quienes piensan que la “seguridad democrática” es una huella histórica imborrable;  que un líder como Uribe es único e irrepetible, y que las Farc han recibido golpes tan contundentes que lo único que resta es su derrota definitiva, quienes así piensan, digo, han olvidado que la guerra en Colombia es cíclica: grandes victorias militares, como la aniquilación de los bandoleros, en 1965, o la Operación Anorí, en 1973, que acabó con el ELN, fueron dos triunfos de la estrategia política del Frente Nacional que, guardadas proporciones, significaron tanto en su momento, y generaron tanta euforia, como la que produjo el operativo en el que murió Raul Reyes, el segundo al mando de las Farc.

No olvidar que El M-19 y el EPL fueron derrotados en el plano militar y político,  que su desmovilización fue un logro del establecimiento en los albores de la década de los noventa. Las Farc, guerrilla campesina, sin coqueteos urbanos, llegaron a esa década convertidas en un ejército estructurado, con importante capacidad de desestabilización y combate, y con la decisión firme de romperle el espinazo al Ejército. Durante esa última década del siglo XX, hubo bala para todos los gustos, profundización de la estrategia paramilitar y, al mismo tiempo,  de la acción ofensiva del Estado para derrotar en definitiva a la insurgencia. El gobierno de César Gaviria es ejemplo clave de ello, con su mezcla de “revolcón” institucional  y  “guerra integral”, dos formas complementarias de enfrentar la violencia.

Y en medio de semejantes tragedia, aterrizamos de barriga en la era Uribe. Habíamos tenido de todo, desde gramáticos, hasta dictadores que hablaban de la dialéctica de la yuca, pero nunca mesías, hombres providenciales agobiados por fuegos internos y por indecisiones del alma. Con todo este circo del referendo y la reelección, la política colombiana, con sus intelectuales a la derecha y a la izquierda, ha entrado en un estado de perplejidad absoluta: hay líderes a manos llenas, candidatos y precandidatos, todos en una especie de interinidad mientras el gran señor no decida qué hacer con sus ambiciones desmesuradas. La marca es común: Uribe los define. Unos lo atacan, otros lo defienden, y los más “centristas” hablan de cómo hacer campaña no contra Uribe, sino para después de Uribe.

Hay una sobredimensión de Uribe, tal vez deliberada, y en todo caso explicable. Deliberada porque no hay duda de que el hombre, ayudado por las encuestas y una muy bien aceitada maquinaria de medios,  cambió la psicología de las clases medias urbanas. Veníamos de décadas de zozobra, de caminos sitiados por la subversión, ahora nos sentimos seguros. Es como si fuera otro país, bajo la guía del gran timonel, irreemplazable, imprescindible. La sobredimensión es también explicable: el hastío de la violencia, la sensación del engaño, la permanente interpretación sesgada de hechos de paz,  presentados casi siempre como  concesiones gratuitas, aprovechadas por los enemigos de la patria para fortalecerse  y asesinar inocentes.

Es una asfixia política insoportable, porque pareciera que hubiéramos llegado al final de la historia. No estamos en un ciclo, sino ya en el fondo  de una época distinta. Sin embargo,  la máquina de violencia sigue igual o peor, pero Uribe ha copado todos los espacios de poder real y simbólico. Seguimos sentados sobre un descomunal barril de pólvora, ahora con una mecha prendida por cuenta del conflicto agudo con Venezuela y Ecuador, pero el espejismo es tan grande que no se ven sino dos alternativas posibles: reelegir a Uribe, o a alguien que se le parezca.

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