Por: Enrique Aparicio

Entre la rabia y el corazón

El encuentro con la muerte

La mente se aclaró. La serenidad le devolvió la visión de qué es importante y qué no. Su médico de cabecera le anunció que la leucemia era terminal. La vida que le quedaba, ya prestada, duraría poco. De cierta manera agradeció ese tiempo, pues le daría el espacio suficiente para organizar sus asuntos y preparar a la familia. 

Llamó primero a su segundo hijo, un profesor de literatura de una conocida universidad en Bogotá. Alejandro era un hombre en sus 40, adicto a la comida sana y al buen ejercicio aunque no le hacía el quite a un buen vino. Con un divorcio sin terminar y sin hijos.

Se sentó a esperarlo en la espaciosa biblioteca. Además de la gran colección de libros, su mayor orgullo era el escritorio que su bisabuelo había mandado traer de Francia, primero en un buque que partió de Le Havre y que finalmente fue llevado desde Cartagena a Bogotá a lomo de mula. Le gustaba la atmósfera de poder y razón que creaba el conjunto.

Sin mayor prosopopeya, en cuanto entró, Alejandro le dijo:

—Hola papá. Me llamaste. No te llegué antes porque unos estudiantes me pidieron una explicación sobre la generación del 98: Azorín y el resto de españoles. 

—No te preocupes, no hay afán. Ven siéntate. Como te había dicho, tuve consulta con César, nuestro médico de cabecera. Le entregaron los resultados de los exámenes y me lo dijo de frente. Sólo tengo un par de meses de vida. Soy un peregrino que ha llegado a Cabo Finisterre, donde termina nuestro andar en esta vida. Por eso quiero hablar contigo de algunos temas importantes.  Le pedí a Ismael que estuviera presente.

Ismael, un hombre cerca a los 65 años, era invidente.  En la plenitud de su carrera se tomó un whisky adulterado y perdió la vista. Con gran fe en sí mismo continuó su trabajo con éxito constante. Sus dos secretarias fueron sus ojos para el trabajo. Fue el confidente de don Julio toda la vida. Entre los dos había un lazo de confianza total. Ismael fue la voz del amigo y del abogado fiel y hábil. Todo paso, por pequeño que fuera, era consultado con Ismael. 

—Serás el albacea de mi herencia. Conozco a mis hijos como la palma de mi mano. Los he manejado a todos con guante de seda y hierro. A mi muerte, ya verás, surgirán otros corazones y otras actitudes —sentenció el padre.

Alejandro quería a sus hermanos aunque su relación no era especialmente cercana. Por eso le cayó de sorpresa la premonición de su padre.

—Papá, explícate por favor. Me estás dando demasiadas noticias duras a la vez. Por un lado me anuncias tu muerte y por otro las consecuencias de fungir como el albacea de una herencia. ¿No te parece que me puedo sorprender más de lo que tú crees? Vas muy rápido. Los hermanos no hemos sido especialmente cariñosos, pero no veo a Hugo yendo en contra mía o algo así.  

Hugo trabajaba en una multinacional, conocía de peleas y rapiñas del mundo corporativo. Desde quién tenía baño en la oficina y quién no, hasta cómo poner zancadillas y evitar las de sus supuestos amigos y colegas.

Don Julio continuó:

—Hugo es un ser inseguro. Está convencido de que él, por ser el mayor, será quien administrará la herencia. Te considera a ti un tipo pasmado y feliz con tu mundo de profesor de literatura en la universidad. No sabe que el albacea del testamento serás tú. Además, para que lo sepas y lo tomes en cuenta en el futuro, Rafaela le pone los cuernos con su mejor amigo.  

Tu hermano José no tiene mayor fuerza de carácter. No toma decisiones ni dirige. Depende totalmente del carácter fuerte y dominante de Francisca Eugenia. Su esposa es una rica heredera, como tú sabes, un ser amable, pero lo controla de todo a todo.

Y también está tu hermana, Estefanía. Mi deseo de protegerla en todo momento fue un gran error. Ahora se escuda como un perrito en la sombra de su marido, un ser sagaz, con grandes subidas y bajadas.   Una vez yo muera él será de los primeros en tratar de hacer pedazos la herencia. Nunca tuvimos mayor afinidad. Fuimos corteses. Nunca me ha gustado como trata a Estefanía. O se hace lo que él dice o no hay más.

Tus ojos verán como intentarán hacer trizas mi trabajo. Así emergerá quien tú eres. El balance entre tu madre y yo. Te lo estoy simplemente anunciando, no te asustes cuando esa cita con el destino llegue a tu puerta. Verás a tu gente deseándote lo peor. Pero tendrás la oportunidad única de salvar lo que con tanto esfuerzo he levantado a lo largo de toda mi vida. No es sólo nuestra familia, la mayoría se acaban una vez que desaparece la cabeza. Comenzarán a vivir como extraños, donde el mínimo detalle causará aspereza y distancia.

Alejandro se sorprendía cómo su padre conocía y manejaba hilos familiares sin que nadie lo notara.

Ismael con la mirada fija de los invidentes, captaba todo. Entendía ser testigo de algo más que números y montos de una herencia. Era la opinión, la emoción de un padre que quería reforzar al mejor de la camada y a su vez prepárarlo para una lucha, donde la actitud “blandita” no tendría mayor lugar. La rabia llegaría, como llegó en su familia y en otras. Las inútiles peleas intestinas entre hermanos, donde las herencias quedaban a merced de los egos y los tirones de pelos...

(Es un segmento-borrador de la novela Entre la rabia y el corazón, un proyecto que espero terminar en este año.)

En el YouTube verá tomas hechas por mí de Cabo Finisterre, donde muchos de los peregrinos del Camino de Santiago terminan su jornada. 

https://www.youtube.com/watch?v=q8gJyUgDbXs

Que tenga un domingo amable.

 

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