Entre lo anormal y lo informal

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La economía informal se convirtió en un signo de estos tiempos. Hacia finales del siglo anterior la idea de progreso económico y social, propia del Estado de bienestar, terminó siendo reemplazada por fórmulas econométricas. Se privilegió la idea de crecimiento sobre la noción de desarrollo y allí se sembró la semilla de esta informalidad que, hoy, invade al mundo. Lo informal se volvió cotidiano, pero sigue siendo anormal.

Al imponerse la idea de crecimiento lineal, se revivió el chip de “la mano invisible” y se adoptó una medición del producto interno bruto (PIB) per cápita como muestra de ascenso y de progreso. Los indicadores resultantes mostraron efectos positivos en términos de riqueza, pero escondieron la inequidad, que se hacía evidente en materia de calidad de vida y de deterioro de los niveles generales de bienestar.

El crecimiento es una noción cuantitativa, que mide la productividad y, por lo mismo, tiene su respaldo en la eficiencia. El desarrollo, en cambio, es una noción cualitativa que repara en la distribución de la riqueza, relaciona la prosperidad económica con factores como la esperanza de vida y privilegia la medición de los índices de desarrollo humano (IDH) sobre los indicadores del PIB.

Es bien claro: el crecimiento económico se enfoca principalmente en el aumento del capital y de las rentas, en el entendido de que tales factores terminarán incidiendo en el mejoramiento de la calidad de vida. El desarrollo económico se enfoca en mejorar la situación cotidiana de las personas, su acceso a la educación, a la salud, a la vivienda, a la recreación, de manera que supone políticas públicas de largo plazo. Al crecimiento le basta expresarse en porcentajes -mensuales, semestrales, anuales- como si la economía fuera una ciencia matemática y no social.

En el año 2019 aparecieron múltiples movilizaciones sociales protestando contra la dictadura de la mano invisible. Pusieron ellas de presente los gigantescos desequilibrios sociales y la creciente desigualdad que se registra en el mundo: Según informe del “Credit Suisse Research Institute” publicado en 2015, el 1% más rico del orbe tiene tanto como todo el resto de la población planetaria.

La situación no es mejor en Colombia: medio país vive en la informalidad, es decir, en la anormalidad. Tampoco es mejor en el hemisferio. Alguien que gana tres millones de pesos, pertenece a la clase alta, lo cual sería cómico si no fuera trágico. Es el efecto de aplicar en el país los criterios del Banco Mundial y del BID. Con ese enfoque, cualquier medición de la lucha contra la pobreza resulta falaz. La inequidad social es insostenible en toda la región, de manera que resulta preciso hacer ajustes en el modelo económico. Por fortuna la pandemia ahogó cualquier estallido social.

Cualquier respuesta pasa, de alguna manera, por la recuperación del equilibrio entre Estado social de derecho y economía social de mercado. Esa ponderación ayuda mucho a conectar las Instituciones con la realidad cotidiana. La economía no queda solo en manos del mercado, es decir, de todos y de nadie, sino en manos de personas sujetas a reglas y a principios, es decir, de seres humanos de carne, hueso y espíritu, que no solo piensan: También sienten.

@inefable1

* Presidente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

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