Por: Mauricio Botero Caicedo

Entre una bendición y una maldición…

EN EL ENTENDIDO QUE LA MINERÍA incluye al sector hidrocarburos, la tendencia muestra que Colombia está en camino de convertirse en un país minero.

Los números no pueden ser más elocuentes: el 85% de la inversión extranjera va a proyectos mineros y el 60% de los ingresos por exportaciones proviene del mismo sector. Los anteriores guarismos presentan para el próximo gobierno una serie de retos que, dependiendo en qué manera se enfrenten, van a incidir en si esta transformación termina siendo una bendición o una maldición.

La historia de los países en vías de desarrollo que han apostado su futuro en la minería es poco afortunada: Venezuela, ochenta años después de recibir centenares de miles de millones de dólares por su petróleo, es posiblemente un país más pobre de lo que era en la década de los treinta. Su inmensa riqueza petrolera, lejos de enriquecer a la población, lo que hizo fue pauperizarla. Pero Venezuela no es el único ejemplo: Nigeria se debate entre una corrupción endémica y la guerra civil; Irán pasó de ser una poderosa civilización a una teocracia de tercera; Irak es el teatro de un conflicto interminable; los países mineros africanos sobreviven en la miseria casi absoluta. La dependencia en la minería para todas estas naciones ha resultado ser una maldición en vez de una bendición.

No hay razón alguna para que toda inversión extranjera productiva no sea bienvenida, pero es indispensable entender que la inversión minera tiene una serie de características especiales: en primer lugar, es una inversión que genera muy poco empleo. En segundo lugar, es una inversión de oportunidad, con ningún objetivo de permanencia en el tiempo. En tercer lugar, dados los gigantescos flujos de inversión necesaria en el sector, casi todos los países mineros enfrentan la llamada “enfermedad holandesa”, que refleja una drástica revaluación de la moneda local, colocando al sector exportador no minero en una situación desventajosa. Un programa de crecimiento económico con bajos niveles de desempleo, teniendo la inversión minera como uno de sus pilares, es una quimera.

Si en Colombia queremos abolir o mitigar la maldición de un país minero, es necesario aprender las lecciones de aquellos países mineros que fracasaron, y corregir los errores que se cometieron; y aplicar las fórmulas exitosas de los pocos países que aprendieron a manejar sus riquezas mineras, como es el caso de Noruega y Botswana. El primer paso es una reforma drástica de las regalías, que lo único que han hecho es enriquecer una recua de politicastros regionales. Una vez recuperadas para la totalidad de los colombianos las regalías, ésta debe ser mantenida en moneda fuerte, sólo repatriando los réditos con el fin de no alimentar las tendencias revaluacionistas. Dentro de lo posible, las regalías se deben utilizar en programas que garanticen que la casi totalidad de estos recursos le lleguen de manera directa a la población: una posibilidad es financiar el sistema pensional que hoy en día, en Colombia, es un himno a la inequidad. (Es una constante en la historia económica que los individuos suelen tomar decisiones bastante más sabias que los gobiernos: los ingresos del café de Colombia, que les llegan directamente a centenares de miles de caficultores, le han aportado mucho más beneficio al país en su conjunto que las regalías a los departamentos mineros).

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Apostilla: No deja de ser una cruel ironía el que una población venezolana, “Valles de Tucutunemo”, haya nombrado su biblioteca “Manuel Marulanda”. ¿Sabrán estos pobres que ‘Tirofijo’, además de asesino, era medio analfabeta?

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