Entre ver y no ver

A un autor lo convidan a que firme sus libros en un stand, y sus libros están apilados justo al lado de Dostoievsky, de Borges, de Proust, de Camus.

Foto: Gabriel Aponte
Foto: Gabriel Aponte

El público compra el libro porque el autor está ahí, de cuerpo presente, y puede estampar en una página una dedicatoria decenas de veces repetida con su firma, pero no importa, lo que importa es la firma, la letra a mano, que el precio se eleve, que el lector pueda decirles a sus amigos que un autor es amigo suyo. Alguno de los que compran su libro, se lleva El extranjero, o Crimen y castigo. El autor se siente infinitamente estúpido, e infinitamente diminuto al ver que su libro está al lado de aquellos otros. Se lo comenta a un amigo, otro autor, pero el amigo le dice que eso no tiene importancia, que lo importante es vender y la fama.

Un escritor lleva la más reciente de sus obras en un talego sin fondo. Camina despacio para que los visitantes a la Feria lo reconozcan, y se hace el desentendido cuando alguien le pide un autógrafo. ¿Tienes algo con qué escribir?, pregunta, pseudoindiferente, y aguarda, quizá también para que todos lo vean. Cuando un periodista lo descubre, le sonríe y le hace gesto de “espérame”. Después de la firma, se encuentra con el periodista, saca de su bolsa un libro, se lo entrega, le comenta sobre la importancia de esa obra dentro de su obra, anota números, y cinco minutos más tarde, le marca a la jefa de prensa de su editorial y le pide, exige, que se comunique con el periodista para que le hagan una entrevista. Cinco días más tarde sale el artículo. Preguntas y respuestas planeadas 24 horas antes. El escritor, que cuenta lo que ya escribió, y el periodista, que pregunta sobre lo que jamás leyó.

Un hombre de gafas oscuras tantea el piso con un bastón. Lleva bajo el brazo varios libros, libros llenos de puntos en alto relieve, gruesos, inflados, como si entre página y página fluyera el aire. Se sienta en un banco milagrosamente disponible y toma uno de sus ejemplares, la cara dirigida hacia el más allá, los dedos repasando con perfecta armonía una y otra y otra página. A veces se devuelve. Murmura algo que nadie entiende. Sonríe. Un vecino casual le pregunta qué lee. Él le responde que un libro de niños. “¿Pero de dónde salen esos libros?”, lo interroga de nuevo el vecino. “Son editados por el Instituto Nacional para Ciegos”, contesta. Luego añade que el papel es especial, que los libros están impresos en letra normal, leíble con los ojos, y en alfabeto braille, con figuras delineadas cuando hay imágenes, y que hay otros hablados a través de programas especiales. “Miles de títulos”, concluye, poco antes de sentir que el vecino se levanta. Se despiden, se agradecen, se sonríen. El hombre de las gafas negras vuelve a su libro, a su mundo. “Qué hermoso”, comenta una y otra vez.

 

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