Por: Arlene B. Tickner

Entre Washington y Caracas

En su columna dominical en El Tiempo Mauricio Vargas observa que el gobierno de Iván Duque enfrenta una disyuntiva crítica, ya que los dos países más importantes para Colombia – Estados Unidos y Venezuela -- con los que existe mayor (inter)dependencia y por ello, mayor vulnerabilidad ante lo que ocurre allí, son gobernados por líderes “locos”.  Aunque es acertado el análisis, el columnista ignora un detalle crucial: Duque se ha interpuesto intencionalmente en la línea de fuego entre Donald Trump y Nicolás Maduro, con secuelas eventualmente peores que las advertidas para los intereses singulares que caracterizan la relación colombo-venezolana.

El afán por congraciarse con la Casa Blanca y por asociarse con ella en lo referente a Venezuela ha sido evidente en la ambigüedad de Bogotá frente a deseabilidad de una intervención extranjera así como el endurecimiento de su propio discurso frente a Caracas cada vez que Washington reclama por los cultivos ilícitos en Colombia.

Cabe recordar que semejante triangulación de las relaciones con Venezuela no es nueva en la política exterior colombiana.  Fue la estrategia predilecta de Álvaro Uribe, quien propuso hace una década que Estados Unidos ocupara varias bases militares en Colombia, con miras no solo a probar su lealtad ante la potencia, sino a disuadir y contener a Hugo Chávez.  Como se vio en aquel momento, entre más alineación con Washington y más “diplomacia del micrófono” las tensiones se exacerbaron y el riesgo de una escalada de la situación binacional aumentó; hasta hubo ruptura diplomática.  

La reaparición de esta táctica es más preocupante aún en la actual coyuntura, ya que un escenario de conflicto se torna más posible con una dictadura que busca mantenerse en el poder a toda costa. Así, flaco favor nos hacen el embajador Pacho Santos, con sus torpes injerencias en la capital estadounidense, o la vicepresidente Ramírez, quien ha declarado que Venezuela amenaza nuestra seguridad nacional.

Mientras que es imperativo que Colombia proyecte mayor independencia frente a Estados Unidos, el Gobierno debería apalancar más su buena relación con Cuba, cuya cercanía al régimen de Maduro y presencia militar en Venezuela, hace de ese país un interlocutor indispensable.  En cualquier escenario de transición, la participación cubana será decisiva para dar garantías al régimen de Maduro y a las fuerzas armadas venezolanas, cuyo anclaje en el estado y la economía hace ingenuo pensar que abandonarán el poder sin la negociación de condiciones favorables.

Si bien una mediación similar fue propuesta a Raúl Castro en 2017, entre otros por el expresidente Juan Manuel Santos, ese se rehusó a considerar dicho rol.  Sin embargo, en la medida en que el costo económico y reputacional de seguir respaldando a Maduro asciende, no es descabellado pensar que una salida negociada y pacífica a la crisis venezolana pasa necesariamente por La Habana.  Y en ella Colombia tendría un papel interesante que jugar.

Puede que la apuesta diplomática descrita no interese a un Gobierno que simpatiza con el trillado discurso del castro-chavismo, y que además, le quede grande a Duque.  Pero no sería la primera vez que se haya intentado algo similar y podría dar mejores resultados que la estrategia actual en la que Colombia se encuentra atrapada entre Washington y Caracas. 

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