Por: Mario Fernando Prado

Epalza, ¿la nueva víctima?

La enhiesta posición del obis - po de Buenaventura, monseñor Héctor Epalza, recuerda las declaraciones del inmolado arzobispo de Cali Isaías Duarte Cancino, que fue asesinado por uno de los peores delitos que se cometen en Colombia: decir la verdad.

Y es que Epalza ha hablado y duro. Y lo que ha dicho y lo sigue haciendo es, a más de cierto, un señalamiento a toda la corruptela y amacice que se vive en este puerto paradójico que por una parte es el tercer generador de ingresos de Colombia y por otra, una cueva de bandidos, una guarida de corruptos y una covacha de politiqueros de poca monta y mucho billete.

Mientras que la operación portuaria es exitosa —luego de la desaparición de ese foco de podredumbre que fue Puertos de Colombia—, el manejo social y moral de Buenaventura continúa siendo un desastre.

El caos se vislumbra desde que se llega a lo que debería ser una ciudad y —pecado reconocerlo— lo que existe es deplorable y deprimente: millones de millones y miseria por montones, barcos gigantescos y cambuches infrahumanos, progreso y pujanza empresarial y hambre general, edificios de contenedores y desempleo a tutiplén.

Lo anterior sin contar la violencia y la inequidad en manos de la delincuencia desbordada, el narcotráfico con sus aliados de la guerrilla, los paras y hasta las autoridades, el legislativo y el judicial.

Sin embargo, el tema está vedado. Nadie habla por temor a perder la vida. Se dice el milagro pero no el santo, repiten quienes deben salvar el pellejo. Y por esta razón el problema ha crecido hasta unos límites inimaginables.

Tan sólo Epalza, un obispo discreto y de bajo perfil, ha tenido el coraje de llamar las cosas por su nombre. Y él más que nadie conoce quiénes, dónde, cuándo y cómo es que se perpetra y perpetúa esa saga criminal que azota a sus conciudadanos que viven en el régimen del terror.

Ignoro si este obispo ya tiene protección policiaca pero lo que sí sé es que, desafortunadamente, tiene las barbas en remojo porque, al igual que Isaías, lo que está diciendo —y predicando— tiene incómodos a los que se creen los dueños de la vida en ese bello puerto del mar que se resiste a sucumbir ante el mal.

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