Por: Luis Carvajal Basto

Epílogo triste de una revolución fracasada

Al cumplirse un siglo, es innegable la influencia de la Revolución rusa y la Unión Soviética en el siglo XX. Un indiscutible hito histórico. Pequeño, si se observa en perspectiva, frente a la propuesta del Estado liberal, la democracia y la república, ejemplificados en la Revolución francesa y la independencia norteamericana que, 130 años más viejos, le sobreviven.

“Todo el poder a los soviets” fue la consigna de Trotski en octubre de 1917, acto final de una revolución iniciada en febrero. Consejos de campesinos, obreros y soldados reclamaron para sí el poder que ya no tenía un zar ocupado en la Primera Guerra Mundial. Poder que tampoco tuvo el gobierno provisional que le sucedió. La terminación de la guerra, una reforma agraria, cambios en las condiciones laborales de los trabajadores y comida en plena escasez sirvieron como detonantes.

Pero, finalmente, no serían los soviets quienes detentarían ese poder sino el Partido Bolchevique, que luego de la muerte de Lenin quedó en manos de Stalin, quien años después mandó asesinar a Trotski, corazón de la revolución, en el lejano México. Egos y miedos de dictadores.

Y, a pesar de lo que se diga, ni los bolcheviques, ni Lenin, ni su soporte teórico, Carlos Marx, propusieron jamás una forma de gobierno diferente a la dictadura. La “democracia proletaria” es eso, la de la “clase obrera” sobre el resto de la sociedad. Devino en la de un partido o un grupo de “elegidos” sobre el resto, incluidos los mismos trabajadores. A eso se redujo esa versión de socialismo en su expresión real.

Acerca de la ausencia de una forma de gobierno diferente a la dictadura en el ideario revolucionario advertía Trotski: “La importancia mayor de la obra (de Lenin) sobre el Estado consiste en que es una introducción científica a la insurrección más grande que haya conocido la historia”. Mejor dicho, su obra máxima sobre el Estado (El Estado y la revolución) es un panfleto. Una justificación para motivar a las “masas” convertida, después, en biblia y referente “teórico” de burócratas atornillados al poder; oportunistas, soñadores, despistados y dictadores vergonzantes, por todo el mundo. En síntesis, Lenin fue tan oportunista como cualquier mal político, aunque permanezca en el santoral de sus devotos.

Sobre el carácter dictatorial de esta visión del socialismo no caben dudas: de acuerdo con Marx, Engels y Lenin, se trata de “destruir el Estado de la burguesía para suplantarlo por la dictadura de los trabajadores”. La historia diría que ni siquiera fue eso: acabó en manos del partido que se autoadjudicó el derecho de representarlos.

La ambivalencia y ausencia de una teoría democrática del Estado ha arrastrado consigo a parte importante de la “izquierda” internacional después de 1917: ¿dictadura o democracia? Esa ambigüedad que los marxistas, por repetir a Marx, y sus epígonos no supieron resolver le costó mucho a la humanidad en el siglo XX y le sigue costando. Para muestra, la superviviente dictadura familiar de Corea del Norte cuya perspectiva le alcanza para mirarse el ombligo, como a Stalin.

No se trata de que los grandes teóricos marxistas, incluido Lenin, se hubiesen olvidado de escribir el “capital” de la política, como discutíamos en los debates académicos hace unos años, cuya definición, según el mismo Marx, es la manera como se resuelven las diferencias o contradicciones entre clases. En cualquiera de sus acepciones la política se puede modelar en dos fases:1) Cómo se accede al gobierno y, 2) Cómo se ejerce. El marxismo, la Revolución rusa y más tarde sus émulos sirvieron como ejemplo de combinar las maneras de llegar al poder, pero su fracaso ejerciéndolo, restringiendo libertad y dignidad, esencia de la condición humana, ha definido la suerte de todas las dictaduras. La de los bolcheviques no fue una excepción.

Si la Revolución de octubre no fue tan violenta, las purgas, el sometimiento de la población sobre cualquier límite de dignidad y libertad, lo fueron. Para no hablar de la aplanadora de los ejércitos rusos en los países de Europa oriental o el muro en Alemania: infamia; degradación del ser humano por la “Patria Rusa”. Al igual que todos los nacionalismos llevados al extremo, un espejismo fue suficiente para ocasionar desgracia y millones de muertos. ¿Fue “mejor” la dictadura de Stalin que la de los zares o cualquier rey del Medioevo o antes? Quién sabe. ¿Mejor que el Estado liberal y el socialismo democrático? Jamás.

La imagen de las estatuas de los “padres fundadores” derrumbadas y arrastradas por la gente, luego de la caída de la Unión Soviética, son una expresión de lo que la revolución dejó al país que la vivió. Además de un Putin dueño de Rusia, sin discusión, que quita, pone a Medvedev, vuelve y le sobra para interferir las elecciones norteamericanas, por ejemplo.

Después de la Unión Soviética, o la dictadura de un partido, la humanidad sigue reclamando democracia, con unos logros difíciles de negar a pesar de sus imperfecciones y dificultades, si se compara con los demás regímenes políticos presentes o pasados en la historia humana. Los frutos del Estado de bienestar y su acción e intervención para propiciar progreso y reducir la desigualdad, principios del socialismo democrático, siguen siendo una utopía por construir que se ha defendido hasta ahora de los Stalin y los Hitler. A 100 años del octubre rojo, vale reafirmar que ninguna otra forma de gobierno ha sido más igualitaria y digna para el hombre que la democracia. O, ¿cuál?

@herejesyluis

 

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