Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Era más grande el muerto

Junachona, descuajaringada, chimbiar, mecha, tocao, titino, zumbambico, cañero, entreputado, amurado, borondo, culebriar, turuleto, malacaroso… son las palabras necesarias para contar la historia de Manuel Alejandro y Yovani, dos jóvenes de Villalinda, fracasados en el mundo criminal, que aspiran a los mismos símbolos de prestigio de otros muchachos de su barrio. Es por eso que, a precios favorables y a crédito, le compran a don Rogelio las prendas de marca que llevaban puestas sicarios cuyos cuerpos yacen en la morgue.

Entre bluyines Babú y RDJ, botas Ribuk y bicicletas Mongus, los protagonistas de Era más grande el muerto, la primera novela del escritor Luis Miguel Rivas, llevan al lector a un mundo marginal, del sicariato de poca monta, despojado de la repetición en la cual lo sumió la televisión y la “narcomiseria”.

Este escritor nacido en Cartago y criado en las calles de Envigado entró al mundo de la literatura gracias a los cuentos. Publicó Los amigos míos se viven muriendo en 2007, Tareas no hechas (el nombre de su blog en este periódico) en 2014, y en 2015 ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno?

Al ingresar en los límites de Villalinda, el Macondo de Rivas, el lector divaga en las lindes del ocaso de los años 80 y el inicio de los 90. Entre tangos, salsa y carrilera, también se tararea “musiquita americana” (Air Supply, con un largo etcétera de baile de garaje), y el tiempo se desquicia para darle paso a canciones de épocas posteriores como “Mío”, de Paulina Rubio. De ese modo, Rivas se desprende de ciertos límites de tiempo y espacio, desprecia asociaciones exactas para darle la oportunidad al lector de construir y ubicar su propia Villalinda, sin dejar de estimular la memoria, la nostalgia, la risa incontenible.

La obra de Rivas juega un poco con el cómic, recurre a onomatopeyas y escenas que rayan en el absurdo. Rinde homenaje a la obra de ilustres personajes como Carlos Castro Saavedra o Héctor Abad; y a otros no tan célebres como don Efrém, típico mafioso de levantadora y cadena de oro sobre el pecho. Desde su pedestal, el cliché demuestra por qué sigue siendo el rey.

Regresemos al origen: además de su capacidad narrativa, el gran valor de Luis Miguel Rivas estriba en su inmersión en el lenguaje, más allá de la erudición o la reflexión académica, para adentrarse en una exploración del mismo.

Al leer a Rivas se recobra la fe en la literatura de lo marginal como arte, original, genuino, conectado con la historia del autor, con su alma y la de su ciudad. Era más grande el muerto es el producto de una relación agitada con el mundo de afuera y conflictiva con el mundo de adentro.

El goce (pasmoso) y la fluidez con que se lee a Luis Miguel Rivas evidencian la paciencia y el dolor que esconde su escritura.

Luis Miguel Rivas, Era más grande el muerto, Bogotá, Editorial Planeta, 2017.

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