Por: Fernando Toledo

Érase una nariz

A las obras maestras sobre el apéndice facial, como el soneto de Quevedo, el cuento de Gógol y la ópera de Shostakovitch a partir de este último, hay que sumarles la asombrosa puesta en escena que, para la citada obra, hizo el artista plástico sudafricano William Kentridge en el Metropolitan de Nueva York y que llegó, gracias a Cine Colombia, desde el colosal teatro norteamericano.

Mal que les pese a muchos afectos a la ópera aún sumergidos en la creencia de que lo válido es el agudo, la obra, en lo que a música se refiere, bordea lo genial por el fascinante protagonismo de la orquesta que presagia las grandes sinfonías del compositor y que planteó derroteros novedosos para el género cuando fue escrita. Por supuesto, la concepción escénica de Kentridge no sólo no se queda atrás sino que subraya con maestría la atmósfera de un momento en el que se forjaba el aparato burocrático soviético, poniendo de relieve la intención política y un humor que, a la postre, produjeron la prohibición de la pieza hasta la década de los setenta y el riesgo de que se perdiera para siempre.

Una feliz coincidencia que la transmisión hubiese llegado a Bogotá al unísono con ArtBo, puesto que los valores plásticos de la lectura escénica son incuestionables. En el diseño escenográfico, del maestro ya de fama mundial, el colosal aprovechamiento de las posibilidades multimediáticas señala una inteligente recuperación, a través del collage tan usado tras la Revolución de Octubre, de ese constructivismo ruso que, apoyado en elementos como el rayonismo y el suprematismo geométrico trae a la cabeza, desde cuando se ve el telón de boca, los conceptos futuristas de Mayakovski, los ensamblajes de Gabó o los carteles de Rodchenko con sus leyendas y artilugios industriales que, en la versión escénica, se transforman en máquinas que desencadenan movimientos y peripecias, y que hacen referencia al realismo socialista que contradice, en todo caso, la idea de una nariz libre y por lo tanto autónoma.

No me cabe duda de que este montaje se ha de convertir en legendario puesto que no es frecuente un tan perfecto ensamblaje entre la idea original de un título y la producción. Por otra parte, la injerencia de cámaras y pantalla pareciera enriquecer, en este caso, la intención escénica y otorgarle el carácter casi que de un gran trabajo cinematográfico. Ojalá que cuando se repita el 23 de noviembre, además de quienes disfrutan de la música sin preconceptos, asistan artistas plásticos, galeristas, gentes de teatro y, sobre todo, estudiantes de disciplinas visuales que, con seguridad, se van a llevar una grata sorpresa.

 

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