Érase una vez en Hollywood…

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Y otra vez… y ahora.

Y por los tiempos de los tiempos, vaya a saber la doliente humanidad hasta cuándo seguirá Hollywood dictando e imponiendo sus cánones universales en el arte, la estética y la creación artística asociada, entre las más, la ciencia ficción, desde esa sólida, imbatible estructura económica que es la industria cinematográfica y audiovisual como expresión conceptual, e ideológica, digámoslo de una vez, en la que han devenido una y otra de aquellas, o aglomeradas, como arte y narrativa estética y creativa.

Cuanto es susceptible de deformar —en la sociedad capitalista todo lo es— y convertir en mercancía, no se me ocurre otra categoría, lo ha deconstruido la “meca del cine”, como genéricamente se conoce aquel vasto y divinizado bosque americano.

Desde el abonado y fértil terreno de la creación literaria, la poesía, el teatro, la ciencia ficción, pasando por las ciencias fácticas, la biología, la química y la física, en suma, el conocimiento, todo ha sucumbido al poder taumatúrgico de las nuevas realidades cibernéticas creadas por Hollywood, a su subyugante encantamiento y manipulación de la mente humana, a su verdad canónica.

Y no las ha devuelto, como en sus películas, primorosamente decoradas con estrellas, lunas y galaxias de artificio, con soles de incandescente azófar girando en torno del planeta Sam, en las acabadas de filmar mitologías del tercer milenio, en la inmutable, canónica verdad de celuloide que, imbatible e incuestionable, recorre el mundo.

En la nueva ciencia de ficción recreada a imagen y semejanza del androide que ahora pace feliz en vastas metrópolis para robots, cuya historia está ya prefigurada en la simulación para que se elimine todo vestigio y memoria del homo sapiens como centro y actor de la misma. Del hombre en su dimensión de ser social y espiritual. De creador por esencia del arte y de las expresiones artísticas que confluyen en visiones transformadoras de la sociedad, en su crecimiento, desarrollo, valores y principios humanistas.

Y todo, para desembocar en la deleitosa ambrosía de las “camisas de fuerza” de una censura y manipulación imperceptibles, pero infalibles y cada vez más adictivas en las que creemos solazarnos, generación tras generación, gracias a las artes de embrujo de una literatura y ciencia de ficción trocadas en escenarios de fábula y quimera.

Del bosque encantado que es Hollywood y sus alteradas nuevas mitologías, sus hombres-robot, sus píldoras de colores para alcanzar estados emocionales inexistentes, sus naves intergalácticas para viajar en el tiempo irreal de la simulación y la fantasía, para dejar de ser humanos, hombres, historia, dueños de un destino…

Érase una vez, sí, y ahora otra vez, Hollywood condicionando taxativamente la creación artística, a la literatura como insumo para sus películas; poniéndoles límites, “camisas de fuerza”, a la creatividad, al arte y a sus diversas manifestaciones. En una palabra, ejerciendo la censura como medida suprema y canon universal e incuestionable.

(Leer: Sergio Ramírez, escritor nicaragüense, premio Cervantes 2017, en “El País” de España, columna del 15 de septiembre de 2020).

@CristoGarciaTap

* Poeta.

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