Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Érase una vez una paz verde

Como el café y la coca, las esmeraldas tienen su telenovela.

La del café (“con aroma de mujer”) recorrió, con cierto orgullo patrio, los caminos del grano y su comercialización, pasando por plantaciones, oficinas bogotanas y trilladoras extranjeras. Las de la coca (que no lo son tanto, pues no nos cuentan nada de la mata, quienes la cultivan o el posterior paso a la cocaína), narra las trayectorias de narcos y sus allegados en distintas partes del mundo. Emitida en 1996 Fuego Verde, “la historia de amor, guerra e intriga en la zona esmeraldera”, combinó la fascinación por las gemas colombianas con el reconocimiento de que una suerte de maldición rodea a los que las encuentran. Mientras las novelas de café o coca recorrieron varios lugares, la de las esmeraldas se limitó a un escenario: el occidente de Boyacá, tal como RTI lo imaginó.

Esta percepción de las esmeraldas no es exclusiva del melodrama, pues en reportajes, notas y declaraciones de políticos se acude a la contradicción entre belleza y violencia, usando constantemente adjetivos como “maldita” o “misteriosa”. “Esmeraldas colombianas son embrujo verde”, afirma Proexport. “Esmeraldas, belleza, misterio y mito”, resume Pirry. Se hace énfasis también en las guerras verdes y en la llamada “paz verde” firmada a inicios de los noventa (los titulares anuncian: “ministros van a evitar la guerra verde en el occidente de Boyacá” o “agoniza la paz verde”). Como en la telenovela, se habla de un solo escenario, conformado por los municipios del occidente boyacense. Se sugiere que la guerra verde está contenida en esta región y todo lo que tiene que ver con esmeraldas se narra como un fenómeno local.

En entrevistas, algunos jefes esmeralderos refuerzan estas percepciones, describiendo “su mundo” como uno aparte o cerrado, en el que no “entra el narcotráfico” y se respetan la familia, los códigos de honor, la mediación de la Iglesia católica.

Esta forma de entender (o novelar) las actividades de extracción y comercio de esmeraldas y las tensiones que las han caracterizado por décadas fortalecen ciertas ideas cuestionables. El velo de misterio que acompaña cada descripción de los señores esmeralderos ha contribuido, por ejemplo, a que no se hable con claridad de estas familias como estructuras criminales que reaccionan violentamente contra personajes en el interior de las mismas (delatores, traidores) y contra los otros grupos que son competencia.

La idea de que estas familias y sus hazañas son un fenómeno meramente local ha impedido reconocer la continuidad entre las disputas internas de esmeralderos y otros conflictos nacionales. Personajes con ejércitos privados formados en otros contextos han mediado o tomado partido en estas disputas. En la primera mitad de los sesenta, La Pesada, un grupo en el que participaban varios líderes esmeralderos, contaba con total respaldo armado del bandolero político Efraín González, y hacia finales de la década del ochenta Gilberto Molina, para ese entonces el líder del sector de los esmeralderos de Borbur, contó con el apoyo de Gonzalo Rodríguez Gacha, líder del cartel de Medellín (quien luego le declaró la guerra). Víctor Carranza, a su vez, ha sido señalado por diez paramilitares como fundador de grupos paramilitares en los Llanos Orientales y patrocinador de otros en la costa Caribe.

Lo que nos lleva a la pertinencia del uso de términos alegrones. Con asesinatos sistemáticos, ataques con rockets, ejércitos de cientos de escoltas y atentados contra cercanos, no cabe hablar de ningún pacto de paz entre familias. Y teniendo en cuenta que Carranza ha sido señalado de haber ordenado la masacre de Miraflores en 1997, quizás ni siquiera se pueda hablar de paz verde más allá del deseo de querer hacer de la realidad otra telenovela.

 

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