Por: Brigitte LG Baptiste

Erotismo callejero

A propósito de las reflexiones provocativas de Catalina Ruiz hace unos días en este mismo diario, recordé las palabras del sabio Caldas cuando se refería a la perturbación que le causaban los cuerpos sudorosos y semidesnudos de los esclavos negros de las minas del Cauca: no podía dejar de (ad)mirarlos pese a las inmensas distancias a las que su formación le obligaba. Hoy en día ese gesto sería lícito únicamente como parte de una transacción de mercado, pues el deseo sexual se adhirió al consumismo hace décadas en un hábil ejercicio normativo que legitimó la noción de autoridad y la pretendida asertividad “natural” del macho, así esta fuese producto de la intoxicación de testosterona. Una enfermedad mental epidémica de proporciones históricas tan críticas como el calentamiento global, sin hacer chistes de doble sentido.

La libertad del cuerpo fue por tanto el ejercicio central de resistencia de lo femenino cuando ninguna otra de las diferencias, denominadas “minusvalías”, logró contraponerse al gobierno de esa máquina adictiva que fusionó dinero, poder y sexo. Y carros: no por nada tenemos ocho capítulos cinematográficos de Rápido y furioso”. Pero no me distraigo con escotes ni piernas largas en minifalda: el asunto es superficial, en términos de piel lícita, ángulos de visibilidad, patrones de movilidad, todo fríamente calculado para llevar el deseo al máximo y salir a comprar algo para calmarlo. Nada nuevo, salvo que el poder de la sexualidad es tan grande (al fin y al cabo es la base de la evolución biológica) que tal vez en él radique la única posibilidad de resignificar la conexión humana con el universo en la gratuidad del placer.

Las feminidades se han construido por siglos en la tensión de la sujeción y el goce clandestino, la provocación y la seducción como mecanismo de supervivencia, las complicidades que reclaman Catherine Deneuve y sus amigas incitadoras. No hay en ello reproche, salvo que le hagan juego a las asimetrías del poder o que acaben reforzando la discriminación y competencia salvaje, como parece suceder en el oscuro mundo del modelaje, alcahueteado por la publicidad. Por eso tenemos la obligación, más que el derecho, de vestirnos y desvestirnos como nos parezca, donde nos parezca, frente a quien nos parezca y exigir respeto: nada le debe nuestro cuerpo a la voluntad de los demás. La noción de lo “apropiado” descansa en una convención social que desafortunadamente se usa más para cerrar caminos que para crear universos.

Mostrar no es ofrecer, eso es otro oficio. Es conversar con todo el cuerpo, con la confianza de que somos capaces de disfrutar los paisajes de la diferencia sin enloquecer. Cada quien, como el papá de Mafalda, puede perderse en el ombligo de la vecina, malo estaría que ella le pasara la cuenta de cobro o que él la arrinconara en el ascensor. Absurdo el extremo de países donde se considera amenazante mirar directamente a los ojos del desconocido, pero allá ellos. El escote distrae, por supuesto, tanto como el vuelo de un pájaro o la luz del sol tras una nube y con ello derrumba la eficiencia de las transacciones que pretenden hacer todo de pago, incluso en una universidad.

Contra la pornografía mercantilista que lleva al abuso y la violencia, el erotismo callejero, la sexualidad festiva, vulgar e indecorosa si se quiere, pues ese es el sentido de lo popular: cuestiona la estética del poder. Seguro que así ni el sabio Caldas escogería mirar para otro lado.

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