Por: Carlos Granés

¿Erotizar o deserotizar?

Dos episodios recientes ponen en marcha esta columna: Francia acaba de declarar tesoro nacional a los manuscritos originales del marqués de Sade y de André Breton, dos de los más grandes transgresores y erotómanos de Occidente, mientras cientos de personas siguen firmando una petición para que el Museo Metropolitano descuelgue una de las obras maestras de Balthus, el prodigioso pintor de angelicales niñas o de perversas nínfulas (usted decide).

¿Erotizar o deserotizar? Estamos lejos de ponernos de acuerdo sobre esta cuestión. ¿Debe el arte cerrar esa compuerta para no instigar deseos cuya satisfacción podría desordenar los comportamientos? ¿O acaso hemos de considerar como virtud del arte que atice nuestra sensibilidad y nos induzca a gozar más, a experimentar más, a darle más coloraciones a la experiencia?

Hay quienes temen a las manifestaciones culturales que despiertan el deseo. Iconofóbicos. Desconfían de las imágenes porque cualquiera de ellas, sin importar su temática, apela a un sentido, la visión, que enciende como pólvora la fantasía. ¿No es el arte conceptual, tan sesudo y tan aséptico, tan rectilíneo e incoloro, supuestamente tan comprometido con problemas sociales, una defensa contra cualquier activación de los sentidos? ¿Y no es el arte religioso, tan espiritual y tan lleno de angelitos desnudos, de mujeres en éxtasis y cuerpos dolientes, una manifestación plástica altamente erótica? ¿Puritanismo anglosajón contra sensualismo católico? ¿Cultura gringa purgada de deseo contra cultura latina exuberante en fantasía?

Las preguntas son relevantes porque ya no se puede ocultar que las mujeres están padeciendo abusos infames, ni que en ciertos entornos —el laboral, por ejemplo, donde hay jerarquías muy definidas— la erotización de las relaciones puede favorecer conductas perniciosas. Pero también hay que preguntarse cuál es el límite más allá del cual la deserotización de las sociedades hace de la vida un desierto de mojigatería. Hay feministas, como Camille Paglia, que defienden la erotización del cuerpo femenino, y lo hacen sin desconocer que un cuerpo erotizado puede despertar reacciones masculinas no deseadas. “Vestida del color de mis deseos”, decía Octavio Paz en Piedra de sol. Y sí, pero puede que una mujer se arregle pensando en los colores de otro, no de los míos.

Pero Paglia no recomienda a las mujeres que renuncien a sentirse atractivas y deseadas. Recomienda que aprendan a enfrentar el deseo de esos hombres para quienes no se han vestido. ¿Es fácil? Supongo que no. ¿Mejor entonces desactivar el erotismo de la publicidad, del arte, de la moda, del baile? Sospecho que eso sería peor. La cuestión no es qué nos insufla el deseo, sino qué hacemos con él. Dudo que Harvey Weinstein haya sido un espectador de Balthus saturado de incontenibles apetitos: los suyos no deben ser muy distintos de los míos. La diferencia es que Weinstein es un matón.

¿Y no es eso finalmente lo que hay que censurar? No los cuadros de Balthus, las novelas de Sade o incluso el reguetón; a los matones que abusan de su poder, bien sea económico, político o físico. Y a la primera, y sin temor, y enseñar a las niñas a hacerlo desde siempre. Es eso lo que está generando un cambio social. Mientras tanto, que los erotómanos sigan tratando de corrompernos con sus fantasías y llamaradas.

 

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