Por: Mauricio Botero Caicedo

Errores conceptuales en economía política

Un error conceptual que comenten sindicatos, empleados, políticos y —con demasiada frecuencia— altos funcionarios del Estado, es creer que el gerente de una empresa es el que paga los salarios de los empleados.

Formalmente hablando sí es el gerente el que paga, pero al adquirir un bien o un servicio, en realidad es el consumidor quien paga los salarios. El gerente tiene que asegurar que el precio final del producto cubra los salarios y demás costos de manufactura; y les entregue utilidades a los que han aportado el capital para que la empresa pueda operar: los accionistas. Cuando a una empresa se le obliga a pagar salarios que encarecen el producto —sin agregar valor—, la empresa entra en una espiral de pérdidas que la llevan eventualmente al cierre. Sin inversión —principalmente en tecnología y entrenamiento— acompañada de inversión pública en educación e infraestructura, no va a ser posible aumentar la productividad. Y por poco que le guste a Angelino Garzón, todo aumento salarial que no esté atado a mayor productividad, lo único que hace es aumentar la hoguera inflacionaria.

Otro error conceptual es creer que el Estado dispone de recursos ilimitados y por ende sus obligaciones pueden llegar a ser igualmente ilimitadas. Y más grave aún es la creencia en ciertos sectores de que la fórmula mágica para que el Estado pueda cumplir con todas las obligaciones que la Constitución le impone, o que los jueces le ordenan, es aumentar indefinidamente los impuestos, olvidando con una ingenuidad rayana en la demencia que el contribuyente está en capacidad de pagar impuestos exclusivamente en relación directa a sus ingresos. Cuando el Estado pretende que los contribuyentes le dediquen más de la mitad del tiempo a trabajar para él, la evasión y la desinversión se disparan. Un Estado es tan rico y es tan pobre como pueden ser ricos o pobres sus contribuyentes. El Chocó —y buena parte de África— son pobres porque los pocos contribuyentes que hay son pobres, no porque las tasas impositivas sean bajas.

Un tercer error que la izquierda sigue promoviendo es que la riqueza es sólo una y por lo tanto la única manera de lograr justicia social es por medio de la redistribución forzosa. Si tal simpleza —por no decir majadería— fuera cierta, muy posiblemente la mayoría de los ciudadanos seríamos de izquierda. La riqueza, cuando existen los incentivos adecuados, se multiplica de forma ilimitada. Es más, disponer de recursos naturales como el petróleo suele ser —más que una bendición— un obstáculo al desarrollo. Nuestros vecinos en la hermana República Bolivariana son el ejemplo más ilustrativo de la maldición de los recursos naturales.

El quitarle a José para entregarle a Pedro, como bien lo señalaba George Bernard Shaw, siempre traerá el aplauso de Pedro. Como política económica y social, el buscar el aplauso de Pedro es una cretinada. La enorme tragedia en casi todas las sociedades democráticas es que los encargados de distribuir la riqueza nunca son los mismos encargados de construirla.

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Apostilla 1: El poner a un pasajero a esperar dos horas para hacer inmigración, como lo hace el DAS en Cali, es una lastimosa demostración de la incompetencia del Estado en casi todas las actividades que asume directamente. Lo que no tiene presentación alguna es que Colombia, teniendo posiblemente uno de los impuestos al viajero más altos del mundo, no sea capaz de organizarse para atender en un tiempo razonable a los usuarios.

Apostilla 2: El único genuino derecho que el Estado nos garantiza a absolutamente todos los colombianos es el derecho de aseguramiento. Encarcelar a Andrés Felipe Arias es una flagrante violación de la presunción de inocencia. En Colombia la justicia politizada y mediática ha tomado precedencia.

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