Errores ecológicos (II)

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En días pasados publiqué en mis redes una fotografía de un espectacular plato de comida costeña con un róbalo frito claramente visible en medio de patacones, yuca y otras delicias. Lectores cuestionaron el hecho evidente de usar el pez como fuente de alimento y regodearse en ello, bajo la presunción del “especismo”, es decir, el uso de una pretendida superioridad moral para abusar de otro ser vivo no humano y sacrificarlo para consumirlo. No comer peces, que equivale a no pescar, cualifica, sin embargo, como un gran error ecológico, con consecuencias dramáticas para quienes han desarrollado sus culturas anfibias por siglos a partir del uso de la biodiversidad a su alcance.

Sería impensable buena parte de la humanidad sin esos consumos y el conocimiento ecológico que los sustenta, a partir de un juicio más estético que ético, que desdeña la condición heterogénea de los territorios colombianos. Quisiera ver la autoridad con la que estas personas se dirigen al plenario de la Confederación Colombiana de Pescadores Artesanales para exigirles un cambio de dieta, vida y profesión, o a predicarles que “pueden comer, pero no vender”, su gran concesión colonialista.

Algo similar pasa con otros consumos: a la perspectiva urbana, que ignora el funcionamiento de los ecosistemas (incluido el propio), le cuesta imaginar de dónde proviene el pan hecho con trigo importado o el alimento concentrado de sus mascotas, hecho con soya o maíz, a menudo transgénicos. Se trata de productos hechos a partir del paisaje, dirán, pues cuando se viaja (despierto) por carretera, se ven los cultivos, las vacas, las ovejas, el mundo bucólico del campesino que muchos añoran sin saber todo lo que implica.

Comer carne bovina, por supuesto, es el núcleo de esta discusión. Es evidente que la carne, que comenzó a consumirse con gusto después de la introducción del cebú en Colombia en el siglo XIX (las vacas se criaban por el cuero), viene de ganaderías familiares de bajo impacto que a partir de entonces depredaron los bosques secos del Caribe, desecaron sus ciénagas (aunque las bananeras tuvieron bastante que ver en este tremendo error ecológico) o destruyeron el bosque andino. En ese sentido, el consumo de esas carnes es perpetuar el error, a menos que a través del mismo se geste un proceso de enmienda y se constituya una alianza con los productores a través de la cual estos se comprometan a transferir una parte del precio pagado a la regeneración de los ecosistemas, y otra, de su bolsillo, a administrar el proceso y garantizarlo a perpetuidad, como gesto de indemnización y saldo de los pasivos ambientales causados; la única opción para que la ganadería recupere su legitimidad social y ecológica en el país, indispensable en esta nueva era de sostenibilidad.

Los errores ecológicos son contextuales, como todos, pero igual se pagan. En enfermedad, dicen los abuelos amazónicos, transgredir los umbrales del funcionamiento de la oferta del río o del bosque implica una destrucción que tal vez nutre el presente, pero envenena el futuro. Lo bueno, se corrigen, lo malo, toma tiempo, no se hace por decreto ni con actos simbólicos o publicidad. La sostenibilidad es un acto de reparación ecológica basado en la ciencia y el buen uso de la tecnología, no en los nuevos prejuicios de la sociedad urbana, instalados en ausencia de una educación ambiental situada y la consideración de la historia de las transformaciones del territorio, la base de cualquier cultura.

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