Por: Juan David Zuloaga D.

Es defectivo (II)

Les contaba a ustedes en la entrega pasada de la cómo se va uno topando por la vida con ciertos (o ciertas, que eso quedó matizado en la columna anterior) personajes que sin compasión y sin remordimiento alguno atentan contra el verbo defectivo.

Contaba ciertos casos de los cuales el más llamativo y el más preocupante era el de un traductor (llamémoslo así) que había traducido algo así como “se abuelen las costumbres” o “se abolen las tradiciones” o lo que quiera que fuera abolido. No tengo el libro en cuestión a mano, ni quiero tenerlo, para evitar el trastorno y la melancolía, pero es cierto que venía mal empleado el verbo “abolir”. (Y con respecto al Diccionario Panhispánico de Dudas que algunos lectores trajeron a colación para enervar el argumento, habrá ocasión de hablar).

Decía que del nombre del traductor no quiero acordarme y sigo sin querer hacerlo. Pero si quiere más señas el lector, el ensayista era Alain Finkielkraut y el libro, La derrota del pensamiento. No deja de ser paradójico, cuando menos, que un libro que se lamenta de que Occidente viaje derrelicto, un libro que pone de relieve la decadencia de Occidente, no deja de ser paradójico, digo, que en la traducción del libro se muestre de manera tan contundente y tan incontestable tal anarquía (etimológicamente, falta de principio), tal decadencia, tal derrota del pensamiento, para decirlo con el autor, aunque sin la mediación del traductor.

Cuando leí tal atentado contra el verbo “abolir”, se me cayó el libro de las manos y me vinieron, como cuando el narrador de En busca del tiempo perdido sumergía su magdalena en el té, mil imágenes, sólo que no apacibles o reconfortantes como las que té y magdalena suscitaban en el genial escritor francés, sino siniestras, terroríficas, pletóricas todas de irrefrenable decadencia e incontenible ocaso. Me invadió la melancolía por todo lo que de bello y decente se estaba perdiendo. Sí, créamelo el lector, todo por el mal uso del verbo defectivo.

“¿Y qué hiciste?”, podrá preguntar el consternado lector. Sí, lo que se imaginan: me puse a aprender francés.

 

Nota: la Atalaya celebra la reciente publicación de Memorial, informe y discurso legal, histórico y político..., cuya edición, transcripciones y fantástico estudio preliminar realizó Lorenzo Acosta Valencia.

 

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