Por: María Antonieta Solórzano

¿Es digno quien daña?

Estamos acostumbrados a vivir entre dos creencias que nos impelen a la indignidad: por un lado, aceptamos que nos abusen sin defendernos, con lo cual nos convertimos en víctimas, y por otro, al estar convencidos de que el castigo es un buen método para corregir nos tornamos en victimarios.

En consecuencia, sufrimos y nos quejamos, por ejemplo, de que los contratistas del Gobierno no cumplan la calidad esperada para los trabajos encomendados, que los servicios de salud sean deficientes o que el cónyuge nos irrespete o maltrate. Sólo cuando el perjuicio es grave, cuando ya no se puede aguantar, dejamos la posición de la víctima para tomar la de victimarios, entonces concluimos que llegó el momento de que el sentimiento de rabia y venganza o el sistema de justicia se encarguen del castigo.


Así procedemos frente a lo que está ocurriendo con las calles de la ciudad de Bogotá, sufrimos en silencio y en aislamiento las consecuencias de vivir en una ciudad inmovilizada, y esperamos con rabia que la justicia actúe castigando al culpable. O, al vivir con el cónyuge o un padre maltratador  aguardamos que nuestras acciones iracundas o vengativas lo hagan sufrir para que reflexione, y si eso no sirve, derrotados acudimos a las comisarias de familia para que ellas se encarguen de solucionar lo que nosotros no fuimos capaces de defender con la asertividad de negociar con inteligencia y conocimiento de nuestros derechos.


La consecuencia más grave de esto es que nos comportamos como meros observadores pasivos y resentidos de nuestro destino, renunciamos a tomar en nuestras manos la misión de recoger el daño hecho a la sociedad y a nosotros mismos. Tanto si se trata de las obras de infraestructura como del impacto emocional en las personas afectadas por las masacres, la violencia intrafamiliar o las formas de relación cotidiana.


Cada persona, en su alma, en su corazón y en su historia de vida seguirá sufriendo las consecuencias dolorosas si seguimos aceptando la ilusión de que las lesiones generadas en la vida de las personas se reparan correctamente con los carcelazos   o los castigos personales.


¿Será que podemos abandonar nuestra dependencia, pasividad y complicidad y en vez de observar cómo la justicia penal encierra, ocasionalmente, a los protagonistas más descarados construimos una cultura de la dignidad?


Seremos dignos cuando ni la postura de víctimas ni la de los victimarios nos parezcan modos normales de vivir y, en cambio, nos asumamos como seres con derechos construyendo una sociedad en la que mostrar el descontento sea legítimo, en la que la reflexión sabia sobre las consecuencias de mis acciones sea la forma educativa más utilizada, en la que perdonar deje de ser un algo que la víctima otorga al victimario para ser un deber ético del victimario y asumir la reparación del perjuicio causado, la única forma de ser socialmente aceptado.


Sólo seremos dignos cuando en mi mundo o en la calle no haya nadie que sufra por cuenta mía.

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