Por: Arlene B. Tickner

¡Es el crimen organizado, estúpido!

América Latina tiene el triste récord de ser la región más violenta del mundo, pese a la ausencia de guerras interestatales, la existencia generalizada de gobiernos democráticos y la desaparición de los conflictos internos, incluyendo Colombia. Con excepción de los países en guerra, es también la de mayor violencia sexual y feminicidio.

Aunque el problema tiene múltiples caras y raíces complejas que incluyen la debilidad institucional, la corrupción, la exclusión social y política, y la pobreza y desigualdad, un factor subyacente que lo agrava todo es el crimen organizado (CO). Siendo la amenaza principal que existe a la seguridad y el bienestar en toda América Latina, llama la atención la escasez de investigaciones acerca de las actividades criminales transnacionales, y la relativa inacción de los gobiernos, que no se han puesto de acuerdo sobre las estrategias para confrontar colectivamente este flagelo.

Por razones obvias, en el caso colombiano este vacío exige a gritos ser llenado. De la misma forma que el desmonte del paramilitarismo generó una mutación al interior del CO, la desmovilización de las Farc y el desmoronamiento de los Urabeños está repercutiendo en una nueva división del trabajo en torno a las drogas ilícitas. Un estudio publicado hoy por Insight Crime, con ocasión del lanzamiento del Observatorio Colombiano de Crimen Organizado de la Universidad del Rosario y esta ONG, ofrece elementos claves para entender la nueva generación del narcotráfico en Colombia y su posible afectación sobre la construcción de la paz.

Primero, el CO ha experimentado una progresiva fragmentación a lo largo de las últimas décadas en todo el mundo, lo cual ha llevado a la ampliación de los actores involucrados e innovaciones en sus modos operativos. Dos resultados recientes de esto son el mayor asentamiento de la mafia mexicana en Colombia en búsqueda de control y márgenes mayores de rentabilidad en el negocio de la cocaína, y la cesión del mercado estadounidense a ésta por parte de capos colombianos quienes han comenzado a concentrarse en lugares más lucrativos en Europea, y más recientemente, Australia y China. Ello ha ido acompañado de la internacionalización de sus operaciones y la apertura de “oficinas de cobro” en el extranjero con miras a ampliar su portafolio de servicios y proteger sus mercancías y ganancias.

Segundo, el narco de “alta gama” se caracteriza por ser menos traqueto, y más refinado, discreto, profesional, y sobre todo invisible. Este nuevo perfil ha sido ejemplificado en meses recientes por alias Lindolfo, hijo de narcotraficante, exesposo de la presentadora de Sábados Felices y protagonista de la temida Oficina de Envigado, y Carlos Ciro, capturado recientemente en España y quien pasaba de mánager de artistas y empresario al tiempo que manejaba las rutas de tráfico a Europa. Tercero, en caso de que la implementación de los acuerdos de paz con las Farc siga flaqueada, y las negociaciones con el Eln no avancen, existe un riesgo latente de criminalización y participación en el negocio de la cocaína, en coordinación con otros actores, incluyendo los disidentes de la exguerrilla y las llamadas bandas criminales.

En la medida en que el crimen organizado no solo crece sino que tiende a complejizarse, urgen propuestas creativas y mayor debate público sobre el problema.

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