Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Es el Estado, estúpido

Durante la campaña presidencial gringa de 1992 uno de los estrategas de Clinton acuñó la frase: “es la economía, estúpido”. Sentencia similar podría enunciarse sobre el proceso de paz colombiano en curso. Se trata también del Estado: de su reconstrucción, fortalecimiento y viabilidad.

Un buen ejemplo proviene del reciente roce entre Colombia y Venezuela después del improcedente decreto de Maduro. Aunque los dos países han tenido numerosos altibajos en el pasado, este se da en un nuevo contexto. El crecimiento económico, el ascenso de distintas vertientes de izquierda al poder en el continente, la dificultad gringa para administrar todos sus intereses globales, entre otros muchos factores, nos han llevado  a un nuevo nivel de autonomía. La cual, a su vez, debilita la pax americana, bajo cuya sombra han podido subsistir e incluso prosperar estados endémicamente débiles. En una generación esa sombrilla —que, claro, tenía un correlato terrible en términos de intervencionismo y exacción de recursos humanos y materiales— podría haber desaparecido.
 
¿Y entonces? Regímenes como el colombiano, que se apoyan en élites brutales para mantener control sobre el territorio, administrar el sistema político y diluir las presiones económicas y demográficas a través de la expansión desregulada de la frontera agraria, tendrán una baja probabilidad de sobrevivir. Por una parte, son violentos pero débiles, porque como lo ha mostrado la experiencia aquellos poderes locales en los que se apoyan tienen la capacidad de asesinar civiles desarmados pero poco más (y no crean, o bloquean, demandas por dotación de bienes públicos). Por la otra, generan  conflictos internos violentos, y toda una cantidad de contradicciones que no pueden ser tramitadas a través de unos mecanismos institucionales que en buena parte han sido capturados por esas mismas élites que son una de las partes del problema.  Esto se puede ver desde muchos puntos de vista. Uno es el tema tierras, al que volveré en columnas siguientes. El otro es el sistema político. En las elecciones regionales y locales que se avecinan el lector se encontrará con altísimos niveles de criminalización, con los que muchos partidos conviven muy cómodamente hasta que algún periodista empieza a fregarlos.
 
¿Es posible salir de este esquema? Creo que sí, o al menos lo espero. Pero no ahora. Mientras permanezca este conflicto, la forma específica de hacer presencia del Estado en el territorio será intocable, porque su cambio implica mover las coordenadas del poder político y de la provisión de la seguridad, y ese tipo de cosas nunca se tocan en serio en medio de la guerra. Construir un Estado razonablemente moderno, la gran tarea histórica de nuestras generaciones, pasa por llegar a un acuerdo de paz. Si la tarea no se hace, y nuestro país llega al nuevo entorno que nos espera    con la misma modalidad de gobernanza, no será un secreto para nadie que seremos presa fácil. Necesitamos una inserción amigable en el continente; pero también solidez estatal.
Por eso es que los guerreristas colombianos son todo lo contrario de lo que predica su auto-imagen: no duros, sino blandos  y profundamente anti-estado (enemigos de cualquier escalamiento de la regulación, etc.). Defender a largo plazo los intereses de la nación colombiana no equivale a acumular 50 epítetos para calificar a Maduro.   Eso, aparte de ser infantil, no tiene ningún efecto positivo para el país. Solamente muestra qué bien las dos intolerancias se alimentan mutuamente a través de prácticas similares. 
 
No se trata de un libreto predeterminado, señor Ordóñez. “Es, precisamente, el Estado”. Etcétera.
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