Por: Tulio Elí Chinchilla

¿Es enseñable la virtud cívica?

LA OEA, EN SU DECLARACIÓN “JUVENtud y Valores Democráticos”, renovará hoy en Medellín “su compromiso de promover la educación formal y no formal en valores y prácticas democráticas, con el propósito de desarrollar conocimientos y habilidades en la población juvenil para la vida en democracia y para el pleno goce de sus derechos humanos”. Reiteración de su Carta Democrática de 2001.

Tal compromiso convoca una pregunta: ¿cómo enseñar a niños y jóvenes los valores democráticos y el respeto a la dignidad de todos los seres humanos? Es la pregunta con que irrumpe el joven Menón en el Diálogo platónico que lleva su nombre: “Me puedes decir, Sócrates: ¿Es enseñable la virtud? ¿O ni se alcanza con la práctica ni puede aprenderse, sino que se da en los hombres naturalmente o de algún otro modo?”. El significado griego de virtud es virtud pública, actitud cívica, respeto y servicio a la Polis. ¿Cómo hacer pedagogía de una ética de valores cívicos? ¿Cuáles procesos educativos construyen el sujeto de la democracia?

Si inculcar valores se redujera a simple transmisión de un conocimiento, entonces los métodos basados en la demostración racional serían los indicados (como se enseña geometría, dice Sócrates). Pero no parece que sea suficiente con suministrar una buena información sobre normas, ni tampoco un ejercicio de inferencia de los derechos fundamentales a partir de postulados filosóficos tales como la “naturaleza humana”. ¿Se necesitará, además, un mito de refuerzo, un anclaje en creencias religiosas, “pegarlos” de alguna creencia laica?

Richard Rory, filósofo estadounidense, descreía de todas las demostraciones racionales para fundamentar los derechos humanos. Pensaba, en cambio, que sólo cultivando nuestros más nobles sentimientos morales —bondad fraternal, simpatía, compasión, comprensión humana, solidaridad con el débil— podemos lograr el progreso ético que hace meritoria la civilización liberal. Los derechos humanos, entonces, arraigan mejor en la conciencia cuando nuestros sentimientos han sido “trabajados” culturalmente, cultivados a diario con emociones que los amarran con fuerza. Ello supone prácticas tempranas en la casa, la escuela, los círculos sociales, las instituciones (el ejército, la iglesia). Los seres humanos —dice— son humanos por sus sentimientos, no por supuestas cualidades inherentes.

Bajo esta consideración, nuestro objetivo pedagógico tiene mejores posibilidades de éxito con la ayuda de textos literarios conmovedores, buenas películas que impactan en la conciencia, prácticas y rituales en la escuela, verbigracia, decidir en el aula mediante consensos, fraternizar con los diferentes, congraciarse con los débiles. Las disquisiciones académicas acerca de derechos y democracia —buenas a cierto nivel educativo— derivan en tediosos cursos, “rellenos” curriculares insufribles para los estudiantes. En cambio, una novela estremecedora, como “Esperando a los bárbaros” de Coetzee, enseña más a odiar la crueldad y a amar el debido proceso y el respeto a la diferencia, que refinados discursos.

Si mediante distintas vías —conocimiento y refuerzo emocional—, los derechos humanos logran anclarse en la conciencia ética, tal vez no sea ilusorio aspirar a que algún día, vulnerar un derecho fundamental produzca la misma repugnancia instintiva que hoy nos provoca la antropofagia o el incesto.

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