Por: Luis Carvajal Basto

Es la corrupción, no la Constitución

Crece el coro de quienes proponen una constituyente para solucionar nuestros problemas. Es, sin embargo, un falso dilema. ¿Es consistente refundar el país cada 25 años? Si algo sabemos los colombianos es que las normas “se quedan escritas”. O, lo que es lo mismo, no las respetamos. Las nuevas, si hacemos otra Constitución, ¿correrían distinta suerte?

Afrontamos una profunda crisis de credibilidad en las instituciones. Mientras eso ocurre algunos dirigentes políticos insisten en la constituyente como respuesta mágica y fácil. Como “nos gusta”. Estando, como estamos, en la puerta de elecciones, se parece más a un argumento electoral, protagonismo mediático incluido, que a una verdadera solución. El país está indignado y necesita respuestas, pero no sirven placebos. Para espejos indeseables, las constituyentes de Chávez y Maduro en Venezuela. Y miremos dónde van nuestros hermanos luego de “liquidar” a sus partidos.

Aprovechando el momento de “efervescencia” olvidamos los enormes logros de la Constitución. Otra cosa es preguntarse si se ha correspondido con las características de nuestra evolución; con las particularidades de los diferentes periodos históricos.

La historia se desarrolla como “es” y no como “debiera ser”, según la mirada de cada quien. ¿Era 1991, un momento crítico de nuestra historia con el narcotráfico y la guerra con las Farc en pleno auge, el momento indicado para sustituir el presidencialismo de la Constitución de 1886? Estadistas de la talla del expresidente López consideraron que no era apropiado. ¿Estamos viviendo las consecuencias de ese desajuste? Nadie podrá comprobarlo o desmentirlo. Lo que sí podemos hacer es evitar nuevos y costosos remedios mágicos que resultarían gravosos aunque nos permitan “salir, otra vez, del paso”.

Por supuesto, hemos tenido dificultades y, dentro de ellas, las más significativas han sido las sucesivas modificaciones realizadas en la urgencia de los diferentes momentos políticos a falta de una perspectiva estratégica o de Estado. Ello no ha dejado ver la mayor debilidad de nuestro desarrollo constitucional: la falta de participación ciudadana (no solo electoral, aunque también) y sus expresiones organizadas, un componente fundamental en la arquitectura constitucional del 91.Después, la falta de sincronismo entre nuevas formas de expresión y participación con los partidos. El desarrollo de aquellas no tiene por qué significar el deterioro de estos, como ocurre ahora con su descalificación, en la práctica, mediante el auge de las candidaturas “por firmas”. ¿Democracia sin partidos?

Sirve como ejemplo lo ocurrido con la descentralización, otro de los pilares constitucionales. La elección popular de autoridades locales, y sus efectos administrativos, no estuvo acompañada de participación, en forma de vigilancia o gestión ciudadana. En consecuencia, se ha descentralizado la corrupción, y “popularizado”, aunque mediáticamente se note más en las grandes ciudades, como en el carrusel de Bogotá o en los recientes escándalos que involucran a altos funcionarios, políticos y magistrados. Siguiendo el hilo de quienes proponen una nueva  Constitución, ¿debería revocarse, también, la elección popular de alcaldes y gobernadores? Esa es una pregunta que podría plantearse una eventual constituyente.

Las reformas que se desprenden de los acuerdos con las Farc representan las primeras de gran calado en desarrollo del principio constitucional de participación, en este caso política, con una fuerza que utilizó esos reclamos como justificación o pretexto para la guerra. Pero las reformas que necesitamos no tienen por qué, necesariamente, plegarse o reducirse a lo acordado cuando en realidad necesitamos superarlo. Siendo tan importante, como es, la participación política con reglas neutrales y claras de quienes no han podido hacerlo, por ejemplo las Farc y las comunidades marginadas de las circunscripciones especiales, también lo es, pudiendo ser más significativa, la expresión de grandes y renovados sectores ciudadanos que no han encontrado canales de expresión, aunque no hubiesen propuesto ni desarrollado una guerra.

Con la experiencia y los espejos que tenemos, de poco valen formalidades; refundar el país solo para distraernos de problemas que no se saldarán con un cambio de normas: se trata de la corrupción y hace rato está prohibida. No nos equivoquemos.

@herejesyluis

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