Por: María Teresa Ronderos

Es la desigualdad, viejo

Después de escuchar el discurso de Iván Duque, luego de la inmensa movilización social y paro del jueves pasado, me dejó la sensación de que el presidente está en un desamparo tal que habría querido irse a la calle a protestar también. Y así como todos tenían un motivo para manifestarse, el de Duque sería rebelarse contra Uribe por haberlo metido en este berenjenal de imponer un gobierno retardatario en los tiempos equivocados. Él era un hombre feliz, ganando en dólares en un cómodo puesto de relacionista público, y ahora es objeto nacional de burlas, de reclamos, y hasta su propio ministro de Hacienda (aunque no siempre lo identifican como el malo de la película) lo contradice.

Su discurso fue una combinación de sus saberes: relaciones públicas (estoy contigo, te comprendo, te escucho) + uribismo (todo el peso de la ley contra los vándalos, felicitaciones a la “juerza pública”, metimos presos, reprimimos, no vamos a dejar que criminales…).

Pero con decir “este es un gobierno que escucha” y poner cara de bravo, no le alcanza para que la gente le crea. La cosa es de fondo, “viejo”, no de forma, bien dijo un tuitero por ahí. Y con eso resumió la desconexión del gobierno con los colombianos.

Los motivos explícitos de la marcha eran diversos: el conejo a la financiación de la universidad pública, una economía naranja que no incluye a los pequeños emprendedores; la reingeniería de las pensiones; el sabotaje a casi todas las instituciones de la paz, incluido el reversazo a la restitución de tierras robadas a los campesinos durante la guerra; la idea de no pagar beneficios sociales a los jóvenes; la injusta ley de financiamiento estatal; la ceguera para ver a los culpables del asesinato de líderes sociales, entre otros.

Sin embargo, el fondo es uno solo: los habitantes del segundo país mas desigual del continente más desigual del planeta se están parando en la raya para impedir que las políticas públicas y las prioridades de un gobierno de derechas impulsen la desigualdad hasta límites inmorales.

La ley de financiamiento del Estado, según lo han explicado ya expertos en este diario, trae tal carga de exenciones y subsidios a las empresas más pudientes (y a las que paguen los mejores abogados que sepan interpretar la intricada y oscura norma a su favor), que aunque aprieta a clases medias y populares, no alcanza a tapar el hueco fiscal que traerá en los próximos años. Por eso el fallecido exministro Guillermo Perry la llamó la ley de desfinanciamiento.

Con la reforma pensional, los trabajadores estarían forzados a cotizar más (y les quedan salarios aún mas bajos de los que reciben) y meter a todos en el régimen de las rentabilidades míseras al ahorro pensional individual que hoy pagan los fondos privados (y que por supuesto resulta en pensiones míseras).

Y el arquitecto mayor del plan oficial para la concentración de la riqueza tiene apellido Carrasquilla y es ministro de Hacienda.

Si Duque, por ejemplo, le pidiera la renuncia a este ministro para demostrarle al pueblo que de veras lo escucha, quizás podría empezar a enderezar su mala reputación, y de paso, a construir la democracia que dice defender. Debe saber que ya no es un pueblo como el de hace una década. Ahora marcha en masa, organiza cacerolazos para reclamar para sí el carácter pacífico de su protesta, cuando otros la quieren enlodar con vandalismo, y sobre todo, no tiene miedo. A estos colombianos de hoy tiene que darle hechos concretos. Ni las falsas empatías de relacionista público, ni las advertencias de pulso firme los van a hacer desistir.

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2019-11-26T00:00:52-05:00

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2019-11-26T00:30:01-05:00

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