Por: Cristo García Tapia

Es la falta de liderazgo, ¡costeños!

Uno, usted, nosotros los del Caribe, los del siglo pasado y los de este que transcurre, que nos hemos pasado todas las vidas oyendo la misma matraca de la hora del Caribe, del porvenir del Caribe, del momento histórico del Caribe, de la redención del Caribe, parece que por fin nos estamos dando cuenta, ¡por fin!, que ese tiempo aun aguarda la gracia de algún alisio extraviado en las goletas que merodean los mares mostrencos de San Andrés, Providencia y La Guajira, para llegar.

Y que este Caribe, con todo y el discurso terrenal, marino y fluvial de sus riquezas inconmensurables, de su destino manifiesto de grandeza, de la fertilidad de sus tierras y ganados, de sus platanales verdeando en el horizonte, de la abundancia de minerales, gas, petróleo, carbón, níquel, oro, de las radas, golfos y bahías de una mar que cada cierto tiempo se encoge y cambia de dueño, no sea sino eso:

Un espejismo.

El Macondo que es todos los lugares en la imaginación y ninguno en la geografía de la realidad, al que ningún Buendía ha dado en encontrar en sus largas, repetidas travesías; en sus desmemoriados viajes alrededor de lo mismo repitiéndose hasta la monotonía y el olvido; en sus invocaciones y sortilegios para encontrar el rumbo perdido de sus generaciones.

Tal vez eso sea el Caribe hoy: un volver al punto de partida sin haber dejado huella en él, identidad; sin haber plantado un mojón, sólido, visible, que pudiera servir de referente, de norte, para orientar la travesía fundacional de la que tanto se ha predicado y poco se ha emprendido.

Que no vienen a ser tales: huella, identidad, referente, más que lo que se conoce como liderazgo, clase dirigente, tan determinantes en el despegue y consolidación de regiones de Colombia que, a diferencia de esta Caribe, dieron en forjar su desarrollo y progreso sobre las coordenadas seguras de un liderazgo político, social, intelectual, económico y empresarial lo suficientemente sólido y visionario, capaz de generar las bases del que ha sido su crecimiento sostenible y permanente en todos los aspectos y variables del desarrollo humano, social, territorial, económico y cultural.

En tanto en aquellas áreas de este mismo país fragmentado en regiones, el liderazgo político devino en la formación de poderes  “para influir en los destinos de la Nación” y en la alta dirección del Estado en beneficio de sus territorios, acá en la Región Caribe ese poder político ha sido preferentemente electoral y su influencia orientada mayormente hacia la burocracia de nivel medio, la contratación pública y la apropiación de rentas y presupuestos, cuya finalidad es la conformación de redes clientelares para asegurarlo y reproducirlo.

Un liderazgo espurio, regentado en gran parte por una clase política cuya competencia y preparación es inversamente proporcional  a las demandas conceptuales que impone el ideario e implementación de modelos de desarrollo regional, la promoción de una institucionalidad propia y fuerte, formadora del elemento humano requerido para el manejo eficiente, competente y ético de la administración pública, del aparato productivo regional, de la educación y de las múltiples posibilidades y  ofertas de una modernidad que nos impone sus dinámicas y posibilita sus escenarios.

Es cierto que la Costa, región Caribe, define electoralmente quien gobierna, pero es vergonzante que ese poder electoral definitorio de los destinos políticos de la nación no le permita definir, por falta de liderazgos saneados, políticas de Estado que convengan, potencien y pongan en marcha un modelo de desarrollo interno que, a la vez que sirve de correa transmisora del aparato productivo y la economía regional, lo sea de la nación en sus múltiples frentes y sectores.

Pero menos cierto no es, y es nuestra gran debilidad, que con liderazgos espurios, forjados en el bazar de los debates y pujas electorales, horros en gran medida del IQ necesario, va a resultar dispendiosa la tarea de construir una Costa Caribe “fuerte económicamente”, “promotora de un modelo de crecimiento en exportaciones”, y partera de un “liderazgo político capaz de influir en los destinos de la nación”, al decir de Adolfo Meisel Roca, economista e historiador costeño, codirector del Banco de la Republica.

Si bien tenemos déficit  de “grandes líderes y pensadores”, la tarea es imperativa y hay que emprenderla sin demora con los que han logrado sobreaguar en el torrentoso mar de las precariedades de pensamiento y académicas, de las insolvencias éticas al por mayor, y de las tentaciones del sistema.

¡Adelante, costeños!

 * Poeta.

@CristoGarciaTap

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