Por: Augusto Trujillo Muñoz

Es la misma marcha

Como lo dijo el presidente Santos, la marcha de este martes fue una marcha sin dueño.

Tiene razón en el sentido de que el único dueño del destino común es, precisamente, el ciudadano común. El que salió a la calle el 9 de abril de 2013, también había salido el 4 de febrero de 2008. Muchos fueron, literalmente, los mismos, otros no, pero las dos marchas tienen más identidades que diferencias. El rechazo manifiesto, de 2008, a la violencia guerrillera no se opone al deseo manifiesto por el buen suceso de La Habana.

Ese tipo de marchas suelen ser permeadas por intereses diversos. Siempre los hay, pero el ciudadano común descubre, entre ellos, quién interpreta su voluntad y quién pretende suplantarla. Una marcha por la paz -si lo es cabalmente- condena toda acción violenta y rechaza cualquier vínculo entre terrorismo y política. El terrorismo físico de las bombas y el terrorismo moral del argumento falseado para oponerse a una marcha por la paz.

La paz es apertura hacia la tolerancia. Supone entender el lenguaje como un acto de comunicación, no como mensaje de provocaciones. Esta sociedad requiere permanentes estímulos para el consenso como los que sintió el pasado 9 de abril. En temas de estado, figuras como el presidente de la República y el alcalde de Bogotá, por ejemplo, están del mismo lado de la mesa. Si hay conciencia de ello, la paz es más fácil.

Lograr la paz significa terminar una guerra sin sembrar la semilla de otra. Es ofrecer opciones de legitimación al adversario. Los grupos armados ilegales saben que el estado ganó tanto el pulso militar como el pulso político. Gobierno y Farc están actuando con inteligencia. Hace mucho tiempo que esta guerra no busca la justicia. Todas las guerras se pervierten y contaminan a sus actores.

En este 2013 se cumplen 65 años de la manifestación del silencio, convocada el 7 de febrero de 1948, en la cual Jorge Eliecer Gaitán pronunció su célebre oración por la paz. Entonces los ciudadanos del común no reclamaron tesis económicas ni políticas. Pidieron algo más grande y más simple: hechos de paz y de civilización. Es lo mismo que piden ahora. Después vendrán los debates democráticos.

En 1948 el país estaba polarizado entre dos mitades representadas por sus dos partidos políticos. Hoy la situación es bien distinta, pero el ciudadano común siente sobre sus hombros el peso de unos fundamentalismos dañinos. Sus voceros se descalifican mutuamente, irrespetan a otros e irrespetan sus obligaciones con unos ciudadanos que necesitan garantías para convivir en una sociedad plural.

Esa sociedad marchó y, con ella, diversas fuerzas políticas, organizaciones sociales, las autoridades oficiales, la iglesia católica. Es la cúpula de los sectores más radicales la que prefiere ideologizar la vida, para justificar la muerte, es decir, la lógica bélica. Pero en el alma transparente del ciudadano común, así se haya afectado la paz como costumbre, no ha desaparecido la concordia como cultura. Gaitán tenía razón: el pueblo es superior a sus dirigentes.

*Ex senador, profesor universitario, [email protected]

 

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