Por: Nicolás Rodríguez

Es que es salud pública

Ahora todo es salud pública. Ese es el nuevo y más usado componente de lo políticamente correcto. "Es que es salud pública".

Decían en la radio el otro día: “es que la gordura es salud pública”. A lo que agregaban, como para impulsar la idea, “y a nivel continental”. Y sí, claro que sí. Es más, no sólo continental. También mundial. Y planetario. Es que la gordura es un tema de salud pública a nivel planetario.

Lo que no quiere decir que al mismo tiempo se hable de por qué es que unos comen peor que otros. O mejor: por qué es que otros no comen del todo. Y cuando comen, pues comen para lo que les alcanza. En tanto que técnica para dirigirse a una población vulnerable, el discurso informal de la salud pública es tremendamente efectivo. Y por supuesto: hay que estar de acuerdo. Y no sólo con el diagnóstico, sino también con las soluciones, cualesquiera que sean. Sin embargo, el combo completo viene envuelto en una especie de asepsia política, bien efectiva, que hace que todos debamos rendirle pleitesía. “Es que es un tema de salud pública”.

Eso mismo se dice ahora de los consumidores de drogas. Nos la pasamos debatiendo con las retorcidas visiones del mundo que tiene el procurador, que porque es muy godo y moralista, pero no saltamos frente a esa otra moralización del consumo que viene con el trato de enfermo que ahora se le da a todo el que consume. Porque claro, es que es un tema de salud pública.

Entre tanto, se cuela la idea de que por lo menos ya no se los considera criminales. Si se los encerraba en celdas (lo que igual sigue ocurriendo), ahora se los quiere meter en consultorios. El concepto es otro, eso es cierto. ¿Uno más humano? Pues no necesariamente. Allá, en la privacidad del loquero, también hay paredes. Y de la medicalización, que es un tema propio de la salud pública, emana política.

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