Por: Luis Carvajal Basto

¿Es suficiente la reforma política?

La tibia respuesta del Congreso al deterioro de su imagen pública, una reforma más bien técnica, no parece alcanzar para superar los problemas revelados en todo el sistema político, pero es la única que coincide con la sobrevivencia del actual congreso, como institución. Su disolución, parece ahora cuestión de tiempo, pero los argumentos legales que lo permitirían no están al alcance de la mano.

No me encuentro entre quienes creen en “choques de trenes” entre el ejecutivo y la Corte Suprema de Justicia. Más bien, observo a una corte que interpretó Leyes alejadas de la situación excepcional que hemos vivido, como consecuencia del impacto del narcotráfico en la sociedad Colombiana, aplicada a los actores políticos que han desarrollado su actividad en medio de ese cataclismo. Por eso escribí en esta columna hace más de un año, que el actual congreso debía renunciar, en cuanto no era posible cerrarlo o que se auto disolviera.

Ahora se ve más claro que el país no necesitaba una Ley de punto final sino una de inicio, que correspondiera a las realidades reveladas por la desmovilización de los paramilitares. ¿Una constituyente como propone ahora el polo? No creo que sea para tanto, por ahora, pero puede ser.

La verdad es que un país no puede cambiar las reglas del juego, sin que se afecten factores como la confianza de empresarios e inversionistas que han permitido niveles de crecimiento como el que tuvimos el año anterior, o la recuperación de la credibilidad y eficacia de otras Instituciones como las Fuerzas armadas y el mismo poder judicial. Es un equilibrio complejo de lograr y mantener.

Pero tampoco se puede desconocer hasta donde llegó la corrupción, el poder intimidador del narcotráfico y la deslegitimación de una institución como el congreso. Eso de “reforma política para fortalecer los partidos” es un discurso que nadie se cree. Menos, si se mantiene el voto preferente, que es el primer paso para que los dineros y los intereses ilegales se hagan representar con curules en el parlamento.

Por otra parte, el actual proyecto de reforma política y las variables conocidas de lo que se ha llamado “la silla vacía”, no son suficientes para atemperar a la opinión y recuperar la credibilidad. Las vías establecidas por el titulo 13 de la Constitución para su reforma, congreso, constituyente o referendo, con dos legislaturas y ocho debates etc., hacen dispendiosa y extemporánea una modificación de las reglas del juego. Por cuenta de ellas, tendremos un congreso inhabilitado ética y moralmente hasta que termine su periodo, o “interino”, pero será el que funcionará. El real.

Eso le da la razón a un Uribe que ha apostado siempre a que no se descuaderne la institucionalidad y ha insistido en defender al congreso como entidad. Así lo entendió el partido Liberal al respaldar la reforma. La corte seguirá haciendo su tarea y quienes sean penalizados serán reemplazados. Eso es lo que veremos. Aunque no lo que queremos.

En síntesis, por ahora, estamos en manos de una reforma en la que nadie cree. A menos que se incorpore un artículo según el cual los integrantes de este congreso se comprometan a no presentar sus nombres a ninguna otra elección. Esa o cualquier otra modificación de fondo, se debe hacer ahora, porque el artículo 375 de la constitución establece que…“en este segundo periodo (del trámite de la reforma) solo podrán debatirse iniciativas presentadas en el primero”. No lo van a hacer, pero ayer sería tarde. Paradójicamente La “muerte política” de los infractores puede darle vida al congreso como institución y oxígeno al sistema político.

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