Por: Patricia Lara Salive

Esa novia de Gabo en París…

TACHIA QUINTANA, UNA ATRACTIva vasca que en 1977 se acercaba a los 50 años, caminaba por su apartamento del Boulevard de L’Observatoire de París.

Al oído, llevaba una bocina de la que colgaba un larguísimo cable que le permitía, en esa época en que aún no existían los aparatos inalámbricos, hablar por teléfono con sus amigos y pasearse haciendo al mismo tiempo los más variados oficios.

Era un día caluroso. Yo acompañaba hasta su casa a Yiyo García Márquez, el hermano menor de Gabo, que a fines de los setenta vivía como corresponsal en París con Myriam Garzón, su mujer, y con su recién nacido Nicolás. Desde ese día, Tachia se quedó en mi corazón y su casa se convirtió en la mía, como seguro les ocurrió a muchos de los amigos de Gabriel García Márquez, su antiguo novio, que por distintas razones vivíamos en esa ciudad de ensueño que también, cuando la soledad acosaba, se volvía la más devastadora.

Entonces aparecía siempre el refugio de Tachia, con su alma desbordante de vitalidad, con sus tortillas de patatas con cebollín y pimentones que cocinaba mientras picaba el ajo y conversaba por teléfono o contaba historias increíbles, como esa de Jazmina, su sobrina, que de un momento a otro tuvo un hijo sin que nunca se le hubiera notado el embarazo; o como esa otra de que esculcaba las basuras de esa ciudad donde la gente se deshace de las cosas más inverosímiles y encontraba los mejores disfraces para sus presentaciones de actriz; o como esa de las estrecheces económicas que esta coronela que inspiró El coronel no tiene quien le escriba vivió con su autor en su chambre de bonne, cuando llegó hasta el extremo de llevarle comida sobrante de un restaurante donde ella trabajaba mientras él tecleaba su máquina para escribir sus historias de ficción porque ya no podía publicar sus crónicas periodísticas pues la dictadura había cerrado El Espectador.

Sí, siempre que la soledad apretaba, o también cuando sólo se quería pasar un rato lleno de calidez, aparecía el refugio de Tachia, con sus poemas de García Lorca y de Machado recitados por ella con maestría; con su música del cantautor español Paco Ibáñez a cuyo lado, aún hoy, da recitales de poesía por los pueblos de España; con sus sevillanas bailadas por ella a la maravilla; con sus historias de amor con el poeta Blas de Otero, con Gabo y con Charles Rossof, su marido, un ingeniero petrolero encantador con quien vivió cuarenta años hasta que el mal estado de sus pulmones acabó con su vida, y con quien tuvo a Juan, su único hijo, convertido hoy en un buen músico; Tachia, con su casco y sus guantes de motociclista que dejaba sobre un mueble a la entrada de su casa cuando llegaba de sus periplos en la moto en la que se movilizaba por París; Tachia, con su corazón generoso y su apartamento lleno siempre de amigos hasta el punto de que un día, en una de sus fiestas, un japonés departió largo rato y solo al final los dueños de casa y él mismo se percataron de que se había equivocado de piso sin que se notara, pues su casa era siempre la de sus amigos y la de los amigos de sus amigos; sí, así es Tachia, la mejor amiga de Gabo, Mercedes y sus hijos en París; la Mamá Grande de la Ciudad Luz quien ahora, a punto de cumplir ochenta años, está terminando de montar el Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo y de quien, como lo reveló El Espectador del domingo, sabremos más el próximo octubre cuando el escritor inglés, Gerald Martin, publique una biografía de 586 páginas, elaborada durante 17 años de trabajo, que se titulará García Márquez, A life...

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