Esa pequeña luz

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Cuando uno comienza la mañana a la espera de un tren al que se le compuso una canción de salsa, el día es prometedor. “Apúrate, maquinista, que hace tiempo estoy esperando el número 6, el número 6, el número 6”. Así suena el éxito que Rubén Blades escribió en 1975 en honor a este trayecto del metro de Nueva York que lo lleva a uno hasta el Bronx, cuna de la salsa neoyorquina, del rap, del hip hop y, como aprendí ese día, tierra del góspel, soul, jazz y de la fe.

Domingo, 22 de diciembre, 11:00 a.m. Voy rumbo al Bronx de la mano de mi hermano Jack, quien desde hace más de 10 años toca el piano durante los servicios dominicales en una iglesia LGBTI en ese condado de Nueva York. Durante el trayecto en el tren, el número 6, me explicó que la iglesia se llama “In The Life Ministries”. La expresión “in the life”, que traduce “en la vida”, era usada como un código secreto entre homosexuales para identificarse entre ellos cuando ser gay podía costarles la vida. Si bien no todos son afrodescendientes, alaban a Dios al ritmo de góspel, música cristiana del sur de Estados Unidos con raíces africanas. A medida que avanzaba el metro, atrás iba quedando Manhattan, convertida en meca del consumismo. Parece una religión, pero equivocada.

Con cada estación estábamos más cerca del Bronx, uno de los condados más pobres de Estados Unidos, con altos índices de VIH, violencia doméstica y drogadicción, y donde aprendí una importante lección en esta Navidad. “A mi pequeña luz la voy a dejar brillar”, con ese clásico de las iglesias del sur comenzó el servicio religioso. This Little Light of Mine la escribió Harry Dixon Loes como una canción de cuna en 1920 y fue adoptada por el movimiento de los derechos civiles como uno de sus himnos. “El primer día que entré a este lugar sonaba esa canción y me derrumbé en llanto”, cuenta el pastor Liz Mastroieni, “sentí que había encontrado un lugar para alabar y orar sin prejuicios. Ese día decidí dedicar mi vida a servir a Dios”. Sobre el altar, el pastor, un hombre transgénero blanco que trabaja con la población carcelaria, dijo una frase que guardaré como un regalo navideño: “Lo humano es juzgar, lo divino es dejarlo ir”.

“Estuve perdido, pero ahora me encontré”, así traduce parte del himno cristiano Amazing Grace y al escucharlo ese domingo se me escapó un lagrimón. Lo escribió John Newton en 1779, un poeta británico que comercializaba con esclavos hasta que se volvió cristiano, después lo adoptó el góspel. Me conmovió caer en la cuenta de que a los humanos nos pueden rechazar, expulsar y escupir, pero la fe, al igual que una planta, siempre busca la luz para poder crecer, incluso en un lugar tan oscuro como la homofobia. La fe no discrimina, porque lo divino es “dejarlo ir”. Desde la parte trasera de la iglesia un hombre gritó: “¡Aleluya!”. En un arrebato de devoción y de libertad, me sumé emocionada a los que contestaron con aún más fuerza: “¡Aleluya!”.

Mientras caminábamos de regreso con Jack hacia el número 6 y enfrentados al frío de 1 °C, que helaba los huesos y la piel, escuchamos que a lo lejos alguien tocaba Baby, It’s Cold Outside, que traduce “Bebé, hace frío afuera”, escrita por Frank Loesser en 1944. Este clásico del jazz para Navidad vale la pena escucharlo en las voces de Ray Charles y Betty Carter. Sí, hacía mucho frío afuera y el metro aún estaba lejos, pero no me importó. Iba con el corazón contento porque ese día en el Bronx aprendí que la fe es fértil y que necesita poco para crecer. Como dice uno de los himnos del góspel: “A esa pequeña luz hay que dejarla brillar”.

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