Por: Jaime Arocha

Escaleras y posmodernismo opositor

El Malpensante publicó las Escaleras, del mexicano José Alvarado, con un comentario iluminador de Gabriel Zaid.

 

La joya literaria les da alma tanto a peldaños gringos, holandeses, parisinos y mexicanos, como a quienes los suben y bajan, ensucian o lavan. Recordé sus muy variados equivalentes del valle del río Baudó. Unos eran los escalones que allá la gente les labró a las cuestas de la Serranía y reforzó con gruesos troncos para defenderlos de la erosión por los chaparrones cotidianos. Descendían hasta el río desde lugares como El Afirmado, donde terminaba la carretera. Abajo estaban las canoas a la espera de partir hacia Chigorodó o Nauca. Otros eran los que esculpían en las orillas para formar los atracaderos de cada pueblo. Casi siempre estaban lisos porque durante horas permanecían bajo las aguas que crecen ya sea por las lluvias o por efecto de las mareas que en el Pacífico suben de tal modo que afectan a las corrientes aun cuando ellas estén a gran distancia de playas y puertos de mar. También estaban los que los indígenas Embera tallaban en troncos que clavaban en el suelo con la inclinación precisa para que llegaran hasta el piso de sus tambos palafíticos. Mujeres, hombres, niñas y niños los escalaban con agilidad, mientras que —bien calzados— los de afuera buscábamos sin éxito el pasamanos que nos librara de la angustia por resbalar y caer. Además había los que la gente negra hacía con tablas anchas para subir hasta la entrada de sus casas de madera, que parecían vivas porque les respondían a los movimientos de sus moradores con chirridos y a los temblores de tierra con balanceos flexibles. Su amplitud y frescura contrastan con las hirvientes cajitas de cemento y teja de cinc que diseñan los arquitectos universitarios de ciudad para el interés social. Son una de las manifestaciones más vívidas de la irrupción en el Pacífico de esa modernidad de cuya agresividad e intolerancia dependen las catástrofes ambientales y humanas que vivimos.

En su respuesta a mi última columna, Daniel Mera opina que la gente negra tiene el derecho de aspirar al bienestar, a partir de identidades modernas, y me achaca procesos de los cuales ha sido responsable el Congreso de la República, como la conversión del Convenio 169 de la OIT en ley nacional, o la Corte Constitucional, al dictaminar que las comunidades negras objeto de la Ley 70 de 1993 son acreedoras de los derechos que define la mencionada convención internacional. Sin embargo, despliega un argumento contraevidente y ofensivo: “En un grupo tribal o étnico, por cierto, sus miembros no tienen plena libertad de tomar o dejar la identidad del grupo”. La fortaleza del movimiento indígena colombiano prueba lo contrario. De ahí que Boaventura de Sousa Santos lo haya clasificado dentro del “posmodernismo opositor” y Arturo Escobar considere que junto con epistemologías locales como las del Afropacífico es alternativa de porvenir frente al Apocalipsis contemporáneo. La actual crítica a Agro Ingreso Seguro, quizá desemboque en miradas menos negativas que las de Mera hacia los pueblos étnicos de Colombia y amplifique la capacidad de idear tecnologías apropiadas como las de las escaleras y las casas de madera baudoseñas.

 

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