Por: Nicolás Rodríguez

Escándalos y corrupción

El argentino Manuel Balán, en una entrevista para el periódico peruano La República con el también politólogo Alberto Vergara, explica que “la corrupción” es diferente de “los escándalos de corrupción”; que si bien la corrupción puede ser más o menos constante en la historia de un país, los escándalos, en cambio, aparecen en momentos específicos.

Y uno podría agregar, también, que por iniciativa de determinadas personas. Como quien dice que en el escándalo hay una lucha política oculta, soterrada, que puede ser a muerte y para la que no hay reglas de juego claras (y mucho menos instituciones) que entren a mediar. Entre políticos, además de un arte que practican los mejores malabaristas, la denuncia es estrategia.

En Colombia, no obstante el que el escándalo se hubiese iniciado en boca del Presidente Santos, la atención se ha centrado en la corrupción en sí misma. O mejor: en los corruptos. Y así, más de uno ha corrido a desempolvar la enmohecida lista de argumentos que reniegan de nuestros valores y ensalzan el civismo de los extranjeros, que por lo general suponen inscrito en su ADN.

Ante esta tendencia, que ya parece deporte nacional, hacia la necesidad de gritar con histeria que estamos frente a una crisis de valores (una más), quizá sea oportuno considerar el porqué de los últimos escándalos. Dicho de otra manera: ¿qué llevó al Presidente a denunciar al gobierno desde el gobierno? (¿Y por qué ahora y no antes? ¿Lo seguirá haciendo, de ser necesario? ¿Nos lo contó todo o quedan, acaso, más noticias de última hora?)

Una hipótesis, de buena fe, consistiría en aceptar que estamos ante una prueba del talante de esta administración. De ahí, en últimas, el Estatuto Anticorrupción, que marca el inicio de una etapa nueva en eso que llaman la lucha contra la corrupción. Otra posibilidad, menos cándida pero que no es incompatible con la anterior, plantearía que el gobierno tomó ventaja del mal momento que atraviesa la oposición: como no hay quien se encargue de sacarle provecho al tema en las próximas elecciones (el Polo ya tiene su propio escándalo de corrupción), no es tan grave sacudir a la opinión pública con un par de denuncias; y menos aun, claro, si estas permiten posicionar otros temas en la agenda, diferentes de los de la inseguridad.

Al final, más allá de los corruptos se impone el para qué y el debido a quién de los escándalos. Por fortuna para el país la violencia no ha acabado con la democracia y, en consecuencia, se respetan los derechos de los periodistas a la investigación, la denuncia y la opinión. Estas son libertades restringidas, incluso saboteadas, pero que han sido suficientes para destapar lo que los políticos amigos entre sí no han querido convertir en escándalo. Porque contrario a lo que hasta aquí se ha escrito, no siempre quieren. Como sea, la revista Cambio pagó con su cierre la intromisión en más de un tema y hoy por hoy, después de ver el enredo en el que está Andrés Felipe Arias (a quien la Fiscal acusó de ser un “delincuente de cuello blanco”), sus ex periodistas pueden pensar que no todo fue en balde.

En síntesis, de la prensa depende que sepamos de notarías, reelecciones amañadas, contratistas, embajadas y demás escándalos ocurridos durante la era Uribe. Y estas denuncias (o las de las veedurías ciudadanas, que rara vez se convierten en escándalos), son las que ameritan mayor divulgación.

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