Por: María Teresa Herrán

Escarbando

EVENTO: COLOQUIO EN MUNICH. Fecha: 2004. Tema: Entre razón y religión. Protagonistas: Jurgen Habermas, filósofo alemán, ateo; Joseph Ratzinger, cardenal alemán, entonces miembro de la Congregación de la Fe, hoy Papa.

Preguntas: ¿Puede el Estado Constitucional ser justificable desde el punto de vista secular y no religioso? ¿Qué debe regir las relaciones entre creyentes y no creyentes? ¿Cómo se reproduce la solidaridad ciudadana? (Habermas) ¿Qué hacer en una sociedad en que la ciencia transforma al ser humano y tumba viejas certezas morales? ¿Qué antecede a cualquier decisión de la mayoría y debe ser respetado por ella? (Ratzinger).

Lugar: Colombia, país con un altísimo porcentaje de católicos (practicantes o no, pero en todo caso bautizados). Tema: Razón y religión. Fecha: 2009. Protagonistas: varios connotados intelectuales que en una sociedad muy confesional se declaran ateos. Preguntas para el resto: ¿Cómo ir más allá de ese gesto de autoafirmación (a mi modo de ver positivo)?

En pocas palabras, pero con mucha profundidad, el “ejercicio dialéctico sobre la secularización”, publicado en un pequeño folleto, puede propiciar la reflexión.

Sorpresa por el lado de Habermas: fue útil tener un trasfondo religioso para una conciencia ciudadana. Los ciudadanos secularizados deben participar en los esfuerzos por traducir, en un lenguaje más asequible al público en general, los aportes religiosos.

Sorpresa por el lado de Ratzinger: Las mayorías pueden ser ciegas o injustas. Ya no basta el derecho natural para acercarse a otras religiones o racionalidades laicas. Razón y cristianismo son los dos mayores componentes de lo occidental; no existe fórmula universal ética, racional o religiosa en la que todos puedan estar de acuerdo y por la que “todo” pueda apoyarse. Tanto en la razón como en la religión, hay patologías altamente peligrosas.

¿Conclusión?: Usted la pone. Piense en temas como “limpieza social”, exclusión, fanatismo; “religión de pedófilos”, “opio del pueblo”; “asquerosa Piedad Córdoba“; “uribistas inmundos” y otros términos de la misma estirpe con los que unos y otros deshacen todos los días nuestra colombianidad.

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