Por: María Teresa Herrán

Escarbando

SE HA DESATADO EN LA POLÍTICA colombiana una epidemia cuyos síntomas siguen siendo diarrea mental, alborotamiento de los egos pero, además, el cambalache de la voluntad popular, aunque ya no se  sepa muy bien qué es eso.

En materia de referendos, al Congreso le encanta eliminar las responsabilidades estatales (caso del agua) y el ejercicio de redactar de otra manera lo que expresó la voluntad popular que, por cierto, no cayó en la cuenta de lo que estaba firmando.

Pero por los lados de la oposición, la pandemia también cunde. En vísperas del primero de mayo, no se escuchó de parte de los partidos pronunciamientos programáticos en aspectos tan fundamentales como la generación de empleo.

Con la excepción del Partido Conservador (ya entregado a los vaivenes de lo que proponga su jefe el Presidente de la República), el tema político del momento es   quién se le va a oponer a Uribe. El liberalismo se limita a defenderse de sus ataques. Y la enfermedad infantil del Polo es en ese sentido la “tapa”. La única obsesión de Carlos Gaviria parece ser el senador Petro, y continúa invadido por el mismo mal del presidente Uribe, que tiene dos características: la ambigüedad hamletiana entre ser y no ser candidato y el uso exorbitante, en la conjugación de los verbos, de la primera persona del singular: “estoy dispuesto a retirarme (de la Presidencia del Polo) cuando sectores mayoritarios del partido me lo pidan o mi conciencia me lo exija”, dijo, luego de que el Polo expidiera una resolución en la que no se aceptará candidato de consulta interpartidaria ni que promueva tesis distintas de las del partido. Blanco es, gallina lo pone. Pero, ¿qué programa propone el Polo? ¿Será por casualidad el de la Anapo? ¿Equivale en este caso la conciencia al “alma”?

En la página web del Polo —por cierto muy dinámica— se puede comprobar que han sido inútiles esfuerzos como los de Venus Albeiro Silva en el sentido de eliminar las peleíllas caudillistas y los protagonismos personales. En cuanto a Fajardo, ya tiene resuelto el dilema: él es su partido, su candidato y su voluntad popular.

Conclusión: ¿será el virus irremediable  y crónico?

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