Por: María Teresa Herrán

Escarbando

¿NOTARON QUE EN LA RETRANSMIsión de las ceremonias del 20 de julio Álvaro Uribe parecía abrumado por los acontecimientos?

Ya en la Catedral le murmuró algo a su esposa. Ella le apretó el brazo, en un gesto de fugaz compasión. Y el Presidente se quedó largo rato arrodillado. ¿En qué estaría pensando?

No era para menos: el episodio de la elección de las mesas directivas fue la partida de defunción de algo que alguna vez se llamó el uribismo. Este 20 de julio dejó de existir.

Ese es el problema de los caudillos: el otoño les llega, tarde o temprano. Los “ismos” que los apoyan terminan devorándolos, porque se clonaron a su imagen y semejanza. Estimulados por la simbología que emanaba de su jefe, los voraces áulicos rompen acuerdos. Ayer todopoderosos, hoy abandonados, los carismáticos deambulan con la soledad a cuestas por los pasillos de sus palacios, pagando por los crímenes de sus montesinos, traicionados por quienes los empujaron por el precipicio de las ejecuciones extrajudiciales. Son populares y todavía barren en las encuestas, pero tan sólo por la nostalgia y por el miedo a lo que vendrá cuando los caudillos ya no estén. Convertidos en una imagen, como la del sangrante corazón, están obligados a creerse los cuentos que les inventan roscas estériles de inefables funcionarios, colgados como garrapatas.

Abrumados por la deslealtad, los caudillos se encierran en su ficticia eternidad. Sueltan frases: “El estado de opinión”, como si ellos hubieran inventado la democracia. Están convencidos de que los perdones que otorgan o que piden borran la huella de lo intolerable. Poco a poco sus palabras, que levantaban a las multitudes —confianza, terrorismo, seguridad democrática— se vuelven cascarones. Los incendios que prendieron su carisma se van apagando y la gente que se dejaba embargar por el odio o el amor ciego que fomentaban queda sin piso para sus improperios.

Entonces, poco a poco, llegan el vacío y la incertidumbre, que se tienen que sobrellevar, porque esa ha sido, ni más ni menos, la historia de la humanidad, que no aprende la lección: los caudillos no pueden ser dioses.

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