Por: María Teresa Herrán

Escarbando

HOY SE CUMPLEN DIEZ AÑOS DEL asesinato de Jaime Garzón y, el próximo martes, veinte del de Luis Carlos Galán.

Hay entre ellos un macabro punto en común: la sordidez de quienes les segaron la vida. Sin embargo, poco a poco, aparecen otras semejanzas entre estas dos víctimas, como su incineración en honor a la verdad y su necesidad vital de no temerle a los socavones del fango.

Como bien lo recalcaba el profesor Guillermo Páramo el lunes pasado en una conferencia sobre “Mito, poesía y matemáticas”, los héroes —y ambos lo fueron— se vuelven míticos al recoger las aspiraciones colectivas, en un proceso de condensación y de alquimia social. De Galán nos queda el referente de la obsesión por cambiar las malas prácticas políticas, de no tolerar el narcotráfico y el rigor en el análisis. A Garzón, más allá de su genialidad histriónica, y como bien lo dice su hermana Marisol: “Prefiero que no lo vean como un humorista, sino como un crítico social”.

Los héroes —y los mitos— se van poco a poco convirtiendo en esencias colectivas. Pero todo ser humano es una suma de facetas, relaciones y ambientes. Por eso, detalles de la vida que cuentan los hijos de Galán resucitan al hombre de carne y hueso y lo mismo puede decirse en el caso de Garzón. Marisol presenta hoy en la Javeriana su libro Mi hermano del alma en el que, a través de fotos y recuerdos, nos hace ver que un ser humano es también, entre otras facetas que quedarán por contar, su infancia y la impronta. En este caso, la bogotaneidad de una familia originaria del Tolima y del barrio Las Cruces, que siempre consideró el centro de la ciudad y, en particular, el barrio San Diego, como su eje vital. En el padre hay que buscar la chispa y la irresponsabilidad; en la madre, el rigor y la educación religiosa; desde la infancia, ese don de hacer muecas y esa indomable rebeldía. En la adolescencia, embriones de sus personajes como el muy real godo Alfredo (que luego sería Cínico Caspa), sus dotes de pedagogo, la genial locura y, siempre, esa manera honesta y transparente de mostrar las cosas como son y no como nos gustaría que fueran.

¿Cuántos aniversarios más tendremos que memorizar para que nuestra brújula social vuelva a funcionar?

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