Por: Antieditorial

Escarnio

Por Fernando A. Carrillo Virguez

Sanción social. sí. Es imprescindible. Los guerrilleros inmersos en un proceso de paz que evidentemente los va favorecer deben asumir con la resignación debida esa expiación. Fueron muchas las horrendas y cobardes masacres que perpetraron, fueron muchos los abominables secuestros llevados a cabo; los pueblos arrasados, etc.; luego, con la misma gallardía con que ejecutaron sus viles actos, y el arrojo que los llevó a deponer las armas, deberían con tal bizarría y sosegada abnegación aceptar que el pueblo no puede olvidar tan fácilmente. Imposible hacerlo.

Habrá quienes no quieran olvidar jamás; y, aun cuando puedan consentir y tolerar la oportunidad que la Historia les da para cambiar las asquerosas armas por los horrendos pero preferibles votos, hay muchas llagas supurando a través de abiertas venas a las que sólo un período de tiempo tan extenso como suficiente les va a permitir cauterizar. Quienes ayer fueron terroristas y hoy en transición de dejar de serlo, están en la obligación de resistir el escarnio, engullirlo sin protestar; durante 50 años incendiaron la nación al lado de los repudiables corruptos, ¿y ahora no son capaces de poner la otra mejilla y soportar el que el pueblo inerme durante medio siglo quiera desahogarse?

Un pueblo que muy seguramente no quiere verlos exterminados, ni casar un pugilato de venganza absurdo y sin sentido alguno, pero sí quiere pronunciarse, recordarles que la retaliación a través de una sanción social proporcionada más no incendiaria, tiene cabida. ¿Por qué no?

Eso bien puede ser una manera de exorcizar el alma quebrantada, de mitigar las fuerzas corrosivas de un resentimiento atroz, de aquel insondable dolor solo mensurable por aquel que realmente lo posee

Y, sobre este punto he de detenerme, de cara y antes que nada, a poder hilvanar un antieditorial objetivo, desapasionado y certero.

Censuremos o toleremos el vituperado proceso de paz con las Farc, muchos colombianos así lo deploremos insisto, en el fondo… esperamos que la guerrilla cumpla y se erradique para siempre esa demoniaca guerra que tanto ha despedazado a Colombia. Colombianos sensatos, la mayoría, de quienes estoy seguro, mucho antes de ansiar ver a los desmovilizados exterminados, anhelan verlos reintegrándose en paz a la sociedad. Honrando su palabra de principio a fin.

Alejándonos cada vez más de los espectros y vicios de este inmundo conflicto. Ello, no obstante, defendamos el derecho de “aplicarles” una sanción social proporcionada conforme ya lo dije; no incendiaria ni obcecadamente revanchista. Ni tampoco endiabladamente oportunista, cínica y politiquera como aquella que inevitablemente tiende a manar de las trincheras del roñoso poder.

Que el pueblo castigue socialmente, prudentemente, eficientemente, “constructivamente” (no solo a subversivos, a corruptos politiqueros también), sí; y que las víctimas directas del conflicto, aquellas que lo padecieron con la piel ulcerada, sancionen con más ímpetu. Pero no el prostituido ánimo vengativo y rapaz de aquella pléyade de voraces políticos. En ello sí me allano al editorial del 24 de septiembre esgrimido por El Espectador. Sólo espero que conforme lo señala el diario capitalino en sus líneas, los exguerrilleros “le estén apostando al juego limpio, a respetar las reglas del juego”; un juego de “parqués” en el que esperamos todos juguemos en igualdad de condiciones, y no un ajedrez en donde ellos jueguen con reinas, alfiles y torres, y el despojado y claudicado pueblo, sólo con peones.

De tal modo pues que, muchos aquí tienen la estatura moral suficiente para sancionar socialmente con el único fin de hacer reflexionar sin aplastar; de ennoblecer sin marginar. Ciertamente la venganza populista y la caza social feroz para quien voluntariamente quiere cambiar la historia del país, resultarían tan fétidas como las letrinas subversivas que en el monte, todo indica, ya están empezando a desaparecer.

@ferjedy

 

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