Por: Joseph E. Stiglitz

Escasez en época de abundancia

EN TODO EL MUNDO AUMENTA EL número de protestas por el alza de los precios de los alimentos y los combustibles.

Los pobres, e incluso las clases medias, ven que sus presupuestos se hacen insuficientes a medida que la economía mundial se desacelera. Los políticos desean responder a las legítimas inquietudes de sus votantes, pero no saben qué hacer.

 En los Estados Unidos, tanto Hillary Clinton como John McCain tomaron el camino fácil y apoyaron una suspensión del impuesto a la gasolina, al menos por el verano. Sólo Barack Obama se mantuvo firme y rechazó la propuesta, que no habría hecho más que aumentar la demanda de gasolina, lo cual contrarrestaría el recorte de impuestos.

Sin embargo, si estaban errados, ¿qué habría que hacer? Uno no puede sencillamente hacer oídos sordos a quienes sufren. En los Estados Unidos los ingresos reales de la clase media todavía no se recuperan a los niveles que tenían antes de la última recesión, en 1991.

 Cuando George Bush fue electo, afirmaba que los recortes de impuestos a los ricos solucionarían todos los problemas de la economía. Los beneficios del crecimiento económico impulsado por ellos se propagarían a todos los niveles. Estas políticas se han puesto de moda en Europa y otros lugares, pero han fracasado. Se suponía que los recortes de impuestos estimularían el ahorro, pero los ahorros de los hogares de Estados Unidos se han desplomado a cero. Se suponía que iban a estimular el empleo, pero la participación de la fuerza de trabajo es menor que en los años 90. Si hubo crecimiento, benefició sólo a unos cuantos privilegiados.

 La productividad creció durante un tiempo, pero no se debió a las innovaciones financieras de Wall Street. Los productos financieros que se crearon no gestionaron el riesgo, sino que lo aumentaron. Eran tan poco transparentes y complejos que ni Wall Street ni las agencias de calificación podían evaluarlos adecuadamente. Mientras tanto, el sector financiero no pudo crear productos que ayudaran a la gente común a gestionar los riesgos que enfrentaban, incluidos los de poseer una propiedad. Es probable que millones de estadounidenses pierdan sus casas y, con ellas, los ahorros de toda una vida.

 En el centro del éxito de Estados Unidos está la tecnología, simbolizada por Silicon Valley. La ironía es que los científicos que crean los avances que permiten el crecimiento basado en la tecnología, y las firmas de capital de riesgo que lo financian, no fueron quienes recibieron lo mejor de los beneficios de los días de auge de la burbuja inmobiliaria. Estas inversiones reales se han visto opacadas por los juegos que han absorbido a la mayoría de los participantes de los mercados financieros.

 El mundo debe reevaluar cuáles son las fuentes del crecimiento. Si las bases del crecimiento económico radican en la ciencia y la tecnología, no en la especulación de bienes raíces o de los mercados financieros, entonces es necesario realinear los sistemas tributarios. ¿Por qué quienes hacen dinero especulando en los casinos de Wall Street tienen que pagar menos impuestos que quienes ganan dinero de otras maneras? Sobre las ganancias de capital se debería pagar una tasa de impuestos al menos tan alta como la que pagan los ingresos comunes. (En todo caso, estos ingresos obtendrán un beneficio sustancial porque el impuesto no se impone hasta que se perciba la ganancia). Además, debería haber un impuesto sobre las utilidades inesperadas de las compañías petroleras y de gas.

 Considerando el enorme aumento de la desigualdad en la mayoría de los países, es adecuado imponer mayores impuestos a quienes han prosperado, para ayudar a quienes han sido perjudicados por la globalización y el cambio tecnológico, lo que además podría paliar las dificultades creadas por el aumento de los precios de los alimentos y combustibles.

Dos factores dispararon la crisis actual: la guerra en Irak contribuyó al alza sostenida de los precios del petróleo, lo que ocurrió también con la mayor inestabilidad en el Oriente Próximo, que era el proveedor de petróleo a bajo costo, mientras que los biocombustibles han significado que los mercados de  energía y de alimentos están cada vez más integrados. Si bien es bienvenido el énfasis sobre las fuentes de energía renovables, no lo son las políticas que distorsionan la oferta de alimentos. Los subsidios de Estados Unidos al etanol producido a partir de maíz contribuyen más a los cofres de los productores de etanol que a limitar el calentamiento global. Los enormes subsidios agrícolas en los EE.UU. han debilitado la agricultura en el mundo en desarrollo, donde un porcentaje demasiado bajo de la ayuda internacional ha apuntado a mejorar la productividad agrícola. La colaboración para el desarrollo destinada a la agricultura ha caído desde un 17% de la ayuda total a apenas un 3% en la actualidad, mientras algunos donantes internacionales reclaman la eliminación de los subsidios a los fertilizantes, lo que dificultaría aún más el que los agricultores con problemas económicos puedan competir.

Los países ricos deben reducir, si  no eliminar, las políticas energéticas y agrícolas que distorsionan el mercado, y ayudar a los países más pobres a mejorar su capacidad de producir alimentos. Pero este es tan solo un punto de partida: hemos tratado nuestros recursos más preciosos —el agua potable y el aire— como si fueran gratuitos. Sólo nuevos patrones de consumo y producción (es decir, un nuevo modelo económico) pueden dar respuesta a este problema de recursos más fundamental.

 (*) Profesor de la Universidad de Columbia, recibió el Premio Nobel de Economía en 2001.

  Project Syndicate 1995–2008

 

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