Por: Mario Morales

Escepticismo moderado

Se imponía el espiritú de la época. Estábamos a punto de dejarnos contagiar por villancicos, augurios y cuñas navideñas; listos para pasar a los buenos deseos para el año que comienza. Hasta que llegó el discurso presidencial.

Parco al comienzo, invitaba, políticamente correcto, a un “optimismo moderado”. Se valía. Uno no espera que el primer mandatario eche voladores, sentado en el trono de la utopía. Y cuando se veía venir la solemne invitación a empujar el carro, hacer el mejor esfuerzo, halar del mismo lado, se oyó ese lacónico guiño a “tener una suficiente dosis de escepticismo”.

Hablaba de las conversaciones de paz con la guerrilla y lo hacía con ese tono suyo patentado e institucionalizado, de sí pero no, de moneda al aire, de comodín, de “se los dije”.

Y se le agradece. Porque tuvo la virtud de recordarnos que aquí vivimos todo el año, como dice la canción, en una eterna navidad: pletóricos de promesas y propósitos inconclusos o nunca comenzados.

Y si no, veamos los pendientes, que el amable lector completará, y que nos quedan año tras año, comenzando por los interminables casos judiciales: Colmenares, la otra mitad de la yidispolítica, chuzadas, falsos positivos, carrusel de contrataciones, socios nacionales de los Nule, gubernamentales de Interbolsa...

O la reparación de víctimas, restitución de tierras, viviendas gratuitas, metro bogotano, dobles calzadas…

O la calidad mediática, resurrección de TV pública, mesura de realities y noticieros, contenidos infantiles, memoria…

O la Libertadores para Millos, la jubilación de Máyer, estadio propio, volver a un Mundial...

Sí; antes que celebraciones anticipadas o una nueva lista de peticiones y anhelos, bastaría con cumplir algunos de las últimas décadas, como el de la paz. Sería suficiente. Eso es escepticismo pero moderado. ¿O no?

 

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