Por: Rafael Orduz

Escobar: ¡presente!

En diciembre de 1993, en los funerales de Pablo Escobar, su hermana increpa a una periodista: ¿cree ella que con su muerte se acaba el narcotráfico? Alias Popeye, el asesino lugarteniente dice que el whisky 18 años se acabó la noche de su muerte, como si no existieran los otros carteles, y políticos y miembros de la Fuerza Pública al servicio del negocio.

El documental sobre Pablo Escobar (Caracol) no sólo revive historia pasada. Relata episodios de una tragedia en presente y futuro. Hay una gran diferencia entre los documentales que narran el pasado y aquellos que cuentan antecedentes de lo que aquí y ahora ocurre.

Después de la Segunda Guerra Mundial, durante décadas, en los hogares alemanes estaba vedado hablar del período 1933-1945. Aunque en lo cotidiano eran obvias las muestras de la guerra (ciudades bombardeadas, aunque recuperadas en menos de veinte años; tropas británicas, francesas y norteamericanas que se movilizaban por las autopistas alemanas hasta el 89; los campos de concentración convertidos en museos; el tío fulanito que nunca regresó de Rusia…), pasaron más de treinta años sin que se hablara abiertamente de la guerra y del rol de ciudadanos comunes al servicio de la causa nazi.

Hasta poco antes de la caída del Muro de Berlín, los partidos políticos alemanes, con excepciones como el socialdemócrata, contaban acerca de su glorioso pasado iniciado en el siglo XIX, saltándose la docena de años fatídicos y, por arte de magia, aterrizando a fines de los cuarenta.

En fin, al menos el destape en la Alemania actual es total, así se hayan tardado muchos años en producir películas como La caída. Hoy, la cantidad y calidad de los documentales sobre la guerra apuntan a que la fatídica historia no se repita (aun así, movimientos neonazis abren sus espacios en la Europa del desempleo).

Los documentales sobre el narco en Colombia, como el de Caracol, presentan eventos que se reproducen hoy. La hermana de Escobar, lamentablemente, tenía razón. La mayoría de los honorables representantes a la Cámara, once años después de muerto Escobar, aplaudían eufóricos al “glorioso” Mancuso (numerosos siguen elegidos y aprueban reformas a la justicia). Miembros de las clases dirigentes regionales colaboraron estrechamente en la entrega de la política y la economía a los narcos. En Bogotá, noticia de sólo hace tres semanas, un prominente miembro del cartel que comanda El Chapo no recibió balota negra para ser admitido en un notable club.

Al menos en Alemania, o en la Serbia actual, las preguntas posibles de los jóvenes se enfocan en el pasado. Aquí, terriblemente, se pueden formular en presente.

Colombia sigue siendo el primer productor de cocaína en el mundo y es posible que un general de la Policía deba ser extraditado por hechos sucedidos después de la muerte de Escobar. Un nuevo ejército, antirrestitución de tierras, actualiza el pasado de sangre. Sus armas, como las de la guerrilla, provienen de fondos del narco. 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Rafael Orduz

Sin memoria no hay paz

Trabajo en el 2030: incierto, ¿y?

Gracias a Gonzalo Sánchez y al CNMH

Ana María Archila y el juez Kavanaugh

La afición a prohibir, en alza