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La pandemia obligó a cerrar temporalmente industrias, a detener actividades económicas, a suspender el transporte y a restringir la movilidad. Dentro de esa extraña y preocupante coyuntura que nos ha tocado vivir, se pensaba que algo bueno se podría rescatar de la amenaza global que ha diseminado muerte y pobreza por el mundo. Consecuencia del confinamiento, la mejora de la calidad del aire y del agua se perfilaba como una oportunidad para relacionarnos con el planeta y hacerlo más sostenible.

El descanso ambiental, sin embargo, fue bastante corto. Conforme a un estudio interinstitucional, en cabeza de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la Unesco, durante la etapa más crítica de la pandemia las reducciones de emisiones de carbón alcanzaron hasta un 17%, pero el planeta nuevamente empieza a registrar concentraciones de dióxido de carbono cercanas a las que en 2015 obligaron a los gobiernos a adoptar medidas encaminadas a enfrentar los efectos adversos del cambio climático, en el marco del Acuerdo de París.

El mundo, por lo tanto, no volteó la página con el brote del coronavirus y sigue lejos de cumplir los objetivos planteados en aquel entonces, cuando se establecieron medidas para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. En este camino de la nueva normalidad, las concentraciones de la atmósfera están regresando a los niveles previos al confinamiento que durante meses encerró a gran parte de la humanidad. Como viene sucediendo a lo largo de los últimos 15 años, la temperatura sigue en aumento y el agua y los ecosistemas oxigenan las sombras de un desastre.

Según el informe, las concentraciones de gases de efecto invernadero —cuyo nivel ya es el más elevado en tres millones de años— no han dejado de parar y el cambio climático, pese a la pausa de este 2020, avanza de manera implacable. La meta propuesta en el Acuerdo, de mantener el incremento de la temperatura mundial por debajo de 2 °C (grados Celsius) con respecto a los niveles preindustriales, está lejos de cumplirse. Tal y como van las cosas, en poco tiempo podría llegar a subir de 3 °C a 5 °C.

EE. UU., cuyo presidente es negacionista del calentamiento global, se retiró del Acuerdo, pese a ser el país que comanda el ranking de huella de carbono y emite la mayor contaminación ambiental.

El turismo es jugador estratégico en este complejo problema global y enfrenta una doble amenaza. Está directamente afectado por el cambio climático, tanto en su condición de contribuyente, como de víctima. De ahí que sea este sector uno de los principales interesados en que se adopten medidas encaminadas a neutralizar sus efectos negativos. Más aún, cuando su responsabilidad en las emisiones de gases de efecto invernadero alcanza el 8%, tres veces por encima de las preliminares estimaciones que rondaban entre el 2,5 y 3%.

El problema ambiental no solo se presenta en los lugares turísticos masificados, sino en toda su cadena de valor. En el transporte, el alojamiento, la elaboración de comidas y bebidas, el mantenimiento de las infraestructuras y los servicios de los minoristas en los destinos turísticos, incluyendo elementos de consumo y suvenires.

Los viajes en avión son un factor clave en la huella del turismo, con emisiones en alza en la medida en que se incrementan los viajes y crece el turismo low cost. Las de dióxido de carbono (CO2) han aumentado un 2,6% anual en promedio durante el último cuarto de siglo. Se estima que la aviación comercial representa el 5% del forzamiento global del clima, pese a que año tras año mejora la tecnología de las aeronaves, con diseños aerodinámicos y materiales más ligeros, y se extiende el uso de combustible de origen vegetal o de aceites reciclados.

La industria de los cruceros también hace su aporte considerable a la contaminación del planeta y a su calentamiento, debido en parte al uso de combustible rico en azufre y a la deficiencia en el tratamiento de los desechos. Según cálculos oficiales, cada pasajero deja una huella de carbono tres veces mayor en el mar que en tierra. Carnival Corp., la compañía de cruceros más grande del mundo, admitió el año pasado que sus emisiones de gases de efecto invernadero subieron más de 3% entre 2015 y 2018. Sus barcos de lujo emitieron, en 2017, 10 veces más óxido de azufre que los más de 260 millones de vehículos de pasajeros en Europa.

El impacto del cambio climático sigue creciente e irreversible y sus consecuencias se reflejan en la afectación de los glaciares, los océanos, la naturaleza, las economías y las condiciones de vida de la población, sometida a fenómenos relacionados con episodios de sequía e inundaciones.

Razón tiene el secretario general de la ONU, António Guterres, cuando advierte que en estas épocas de pandemia el planeta necesita solidaridad y soluciones decisivas, y debe escoger entre la opción de seguir como siempre, lo que conduce a más calamidades, o utilizar la recuperación del COVID-19 como una oportunidad real de poner al mundo en un camino sostenible. Camino hacia un cambio, en vez de climático, en benéfico de la humanidad.

Posdata. De acuerdo con la ONU, la última vez que los niveles de concentración de gases efecto invernadero subieron tan alto fue en la era del Plioceno, hace 2,6 a 5,3 millones de años, cuando en el Polo Sur había árboles y el nivel del mar era unos 20 metros más alto.

gsilvarivas@gmail.com

@Gsilvar5

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