Por: Santiago Gamboa

“Escribir después de Auschwitz”

Leo en los Diarios de Günter Grass, ese gigantesco escritor alemán nacido en Danzig, varias frases que me sobrecogen. Una de ellas es una cita de La paz perpetua, de Kant, donde habla de los cementerios “como lugar de entendimiento último de los pueblos”. Una idea tenebrosa, pero real. Tal vez porque la muerte es el momento en que uno se detiene y piensa en todo aquello que fue incapaz de perdonar o comprender. Grass lo piensa mientras prepara una conferencia que lleva por título “Escribir después de Auschwitz”, algo que fue juzgado imposible por el filósofo Theodor W. Adorno.

Pensé en nuestro país, en la infinidad de cementerios clandestinos que hay debajo de nuestra hermosa capa vegetal. Tal vez aún no podemos entendernos porque esos camposantos siguen siendo invisibles, lo que quiere decir que no hablan, no cuentan una historia que podría —y debería— ser escuchada. Son los cementerios del crimen y del silencio. En Nocturno de Chile, Bolaño dice que la poesía latinoamericana se ha escrito siempre encima de sótanos donde alguien está siendo torturado. En las mazmorras de las ciudades hay personas que aúllan de dolor, se retuercen y gimen, mientras que allá arriba alguien corrige un verso. Así se ha escrito toda la literatura, dice Bolaño. Por eso escribir después de Auschwitz es igual a escribir antes de Auschwitz, cuando las quejas dolientes provenían no de judíos, sino de indígenas americanos o esclavos de África o coolies asiáticos bajo la bota del imperio.

En Colombia podríamos plantear algo similar: ¿escribir después de El Salado, el 9 de abril o Bojayá? Es lo que hacemos todos los días. Podemos decir incluso que la cultura occidental no ha hecho otra cosa desde sus albores: escribir después de Troya, con Troya en llamas, cuando el joven Eneas huye llevando de la mano a su hijo, con su padre a cuestas, y un capitán griego inicia el largo regreso a Ítaca. Las lanzas atraviesan los cuerpos y Homero —o ese conglomerado de poetas que llamamos Homero— escribe versos. La metralla destruye la piel y los cartílagos en Verdún, y Rilke escribe versos. Los paramilitares entran a El Salado a matar y a divertirse mientras violan y beben; un cilindro explosivo vuela por los aires en el fragor de un combate y, accidentalmente, cae en el techo de una iglesia en Bojayá; y nosotros escribimos, sin parar, nuestras historias. La cultura existe y corre paralela al dolor y a la violencia porque la guerra es también una forma de cultura. Y la única victoria que dejan las guerras, por crueles y absurdas que sean, es la posibilidad de transformar todo ese dolor en conocimiento, esa línea invisible que una sociedad sabe que no debe volver a cruzar. Y señalar esto, dejarlo escrito, es lo que hacen los artistas. Es su mejor ofrenda al mundo en que viven y al que observan de modo crítico e inquietante, porque, como escribió Nietzsche, “cuando uno mira por largo tiempo el abismo, también el abismo acaba por mirar dentro de uno”. Y esa es la verdadera literatura, la que surge de ese eco abismal. Por eso sí se puede y sí se debe escribir después de cualquiera de estas derrotas humanas. Así ha sido siempre. Antes y después de Auschwitz, antes y después de El Salado o Bojayá.

 

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