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En los archivos del Ministerio del Interior duermen cientos de informes que distintos grupos de inteligencia nacional hicieron sobre estudiantes y profesores durante el Frente Nacional. Los reportes, escritos por miembros de las Fuerzas Armadas, infiltrados o espías de civil, se concentraban en las universidades públicas. En 1969, por ejemplo, el teniente general Gabriel Ortiz Morales reportó mediante telegrama que el comité estudiantil de la Universidad del Atlántico tenía como invitados a Gilberto Vieira y a la señora Isabel Restrepo, “viuda de Torres”, a actos programados en el aniversario de la muerte de Gaitán. “Temo que continúen agudizando los problemas existentes y busquen llevar a los estudiantes a todos los actos proyectados por parte de las entidades campesinas y en general a todo lo que signifique subversión”, explicó. Otros de los miembros de la inteligencia se concentraron en la Universidad de Antioquia, en donde se hizo seguimiento a las reuniones de estudiantes y profesores de la Facultad de Medicina, quienes para ese entonces (según los agentes) contaban “con el apoyo de todo el estudiantado de la universidad y de los demás institutos de la ciudad”.

Agentes detallan también el día a día de la Universidad Nacional en Bogotá. Recopilan páginas de las revistas Prensa y Cine, y afirman que es mediante sus palabras que se expande “la influencia ideológica de China, Cuba y Rusia en los círculos estudiantiles”. Se describen las elecciones del Consejo Superior Universitario y se comenta la rebeldía estudiantil frente a la reelección de Abel Naranjo Villegas como decano de la Facultad de Derecho. “En este punto”, explica un agente, “los izquierdistas están convenientemente adiestrados para pretender que sea nombrado Gerardo Molina o Diego Montaña Cuéllar”. No se libra del espionaje cuerpo a cuerpo la universidad privada. En el informe de un teniente se habla sobre una célula subversiva denominada “Acción 365” al interior de la Universidad Javeriana de Bogotá que, según cuenta, es un movimiento (en el que participarían algunos profesores) que impulsa a vivir la caridad radical con los más marginados: “Su fundador fue el jesuita Juan Leppich en 1958 y posee células formadas por 8 o 10 hombres cuya actividad se realiza a través de carteles que aparecen en forma inesperada en calles, plazas, fábricas y universidades”. Tampoco están exentos los colegios. Se envían agentes a monitorear a los alumnos del Colegio Académico de la ciudad de Cartago, el Colegio San Simón, la Normal de Varones de Ibagué (donde se encontraron “grupos artísticos y culturales de infiltración comunista”) o el Colegio Bachillerato de Buenaventura, cuyos estudiantes protestaban por el acceso a áreas para practicar deportes.

En tal ambiente de desconfianza el cerco empezó a cerrarse de manera más violenta contra los estudiantes caribes. El teniente coronel Elías Niño Herrera informó, a lo largo de la década del 60, sobre las acciones de la seccional del DAS en Cartagena contra los estudiantes del departamento de Córdoba en donde, en distintos choques, murieron “algunos estudiantes”. La situación escaló de manera particular en Lorica, donde estudiantes de colegios y de la Universidad Técnica Agrícola se enfrentaron con batallones de la Policía local y con batallones enviados desde otras regiones. En Montería la Fuerza Pública entró en los planteles y los estudiantes apedrearon establecimientos bancarios, entidades comerciales y oficiales. Fueron detenidos alrededor de 13 estudiantes en el año 1969, pero en sucesivos reportes no se explica qué pasó con ellos. Alguna de las peticiones de estos paros estudiantiles era el acceso a mejores carreteras. Algo similar sucedía en Pasto, donde estudiantes de la Universidad de Nariño pedían mejor servicio de electricidad en la ciudad. Otros grupos de estudiantes pedían avances en la salud pública, redistribuciones de tierras, cambios en la verticalidad nacional que asfixiaba deseos de movilizad social.

En archivos y trabajos históricos (carpetas de fondos públicos, libros, artículos académicos) se habla de miles de paros, huelgas, plantones. De miles de respuestas estatales casi siempre violentas y fallidas. De la forma en que grupos de estudiantes de aquel entonces se radicalizaron en la vida armada o se cansaron o fueron desaparecidos. De las injusticias que se han cometido frente a la población de la universidad pública que se estigmatiza y se juzga de antemano. Hay tanto para leer, para ver y para aprender al respecto que no se valen respuestas improvisadas. Tal y como nos lo pide hoy la profesora Sara Fernández, el escuadrón del Esmad no debe entrar a la Universidad.

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