Escuela alejandrina

Interesantes las críticas de Alejandro Gaviria a la política agropecuaria del Gobierno (“La cuestión agraria”, El Espectador, mayo 25). Se ha convertido en práctica común dispararle irracionalmente al Gobierno desde la viudez del poder. Analicemos este interesante caso.

Dice Alejandro que en los últimos cinco años “la agricultura ha crecido a una tasa escasamente superior al 2%”. Nótese la forma tan peculiar en que construye esta cifra del 2%. Por un lado, utiliza un promedio desde cinco años atrás. Valiente gracia irse hasta los años en que el sector apenas comenzaba a respirar nuevamente. Así cualquier resultado es posible. Incluso, si construyera el promedio desde mucho más atrás (ej: desde 1996) encontraría que el crecimiento se cae del 2% al 0% (pues en esa oscura época de mediados de los noventa ¡el agro no sólo no crecía sino que caía!).

Y por el otro, Alejandro incluye la coca en su medición. Esto reduce el dato de crecimiento porque, tal como lo queremos la mayoría de los colombianos, el Gobierno viene acabando dicho cultivo (créanlo o no, ¡en el pasado sumar la coca aumentaba el dato de crecimiento agropecuario!).

Es decir, Alejandro confecciona la cifra más baja posible de crecimiento agrícola para construir su argumentación. Sería gallardo de su parte reconocer que la última cifra de crecimiento agrícola relevante (cuarto trimestre de 2007, sin coca) es 4%. La diferencia es enorme. Entre crecer al 2% y crecer al 4% hay una diferencia de una generación para doblar el ingreso del campo (17,5 años).

Ahora bien, nosotros hemos reconocido que un crecimiento agregado de 4% continúa siendo insuficiente. Sin duda, queremos crecer más rápido. Lo que no puede ser es que los analistas de corte alejandrino evadan una verdad implacable: una gran cantidad de actividades del campo están creciendo mucho más rápido que la economía: avicultura, porcicultura, frutas, hortalizas, cafés especiales, palma, cacao e, incluso, algunos sectores que venían postrados desde hace más de una década como arroz, fríjol y maíz. Eso nunca lo van a reconocer.

Peor aún, este tipo de analistas siempre le hacen un olé olímpico a otro dato implacable: el desempleo rural viene cayendo rápidamente, rompiendo umbrales que no se registraban hace muchos años y ubicándose en niveles muy inferiores al del resto de la economía. Tampoco lo van a reconocer.

¿Por qué desconocen todo esto? Porque no les cuadraría la teoría. En efecto, no sería serio por parte de la escuela alejandrina salir a decir que el agro no crece, pero que sí hay generación de empleo en el campo. Se derrumbaría su discurso. Pero la teoría es nítida y los datos contundentes: la rápida creación de puestos de trabajo en el campo es la evidencia fehaciente de la reactivación agropecuaria.

Entonces, ¿a qué debe acudir Alejandro para darle soporte a su tesis? A una encuesta. Según Alejandro, dicha encuesta “muestra que el porcentaje de empresarios que reportan un empeoramiento de las condiciones económicas del sector ha crecido sistemáticamente durante el último año”. A renglón seguido se despacha contra los incentivos que hemos diseñado en los últimos años (incluso desde que él laboraba en DNP) diciendo: “Constituyen, en muchos casos, una transferencia irritante de dineros públicos a empresarios acaudalados”.

No puede ser que los empresarios sean una buena fuente de información para sustentar la tesis alejandrina pero, respondida la encuesta, se conviertan en personas malas, irritantes y ventajosas. Es decir, personas en las que no se puede confiar. Mejor dicho, si se le cree a la encuesta, ¿en dónde queda entonces el supuesto caudal de los irritantes encuestados? Lo que pasa es que la encuesta tiene serias falencias.

Pero, más aún, no habla bien de dicha capacidad técnica el desconocer que ningún país del mundo ha podido desarrollar su agricultura sin apoyos e incentivos. Cuando el Estado colombiano retiró todos los apoyos a la agricultura en los noventa, ésta se vino a pique y la pobreza rural llegó al máximo nivel histórico (8 de cada 10 personas eran pobres). Por supuesto, los apoyos no pueden ser regresivos y deben enfocarse en bienes públicos. Es lo que estamos haciendo: ciencia y tecnología, riego, profundización bancaria, fortalecimiento del sistema sanitario, etc.

Afortunadamente, los productores del campo ahora cuentan con herramientas e incentivos que hemos diseñado para que ellos enfrenten las amenazas diarias (tasa de interés, tasa de cambio, precio del petróleo, etc.) y no cesen de producir alimentos y crear empleo. Empleo que genera bienestar social y afianza la seguridad democrática. Ese empleo ante el cual Alejandro, hombre de datos, tiene que hacerse el de la vista gorda para poder confeccionar una tesis incoherente.

 Andrés F. Arias, Ministro de Agricultura y Desarrollo Rural. Bogotá.

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